El origen de nuestro alfabeto se remonta a los jeroglíficos

El alfabeto latino viajó por todas las culturas del Mediterráneo, primero desde Uruk e Ishtar, luego desde las cortes faraónicas, después desde los puertos fenicios. Los antiguos historiadores griegos cuentan que fue un príncipe quien lo llevo a Grecia: Cadmo.
Las letras que usamos hoy para comunicarnos, para escribir un mensaje o redactar esta noticia, tienen una historia milenaria. Nuestro alfabeto tiene raíces profundas en la civilización egipcia, —fenicios y griegos mediante—, hasta nuestros días.
Antes, ya había existido el cuneiforme sumerio —probablemente influyente en Egipto— el sánscrito en la India o el alfabeto chino. La historia de la escritura, o lo que sabemos de ella, tiene como primer ejemplar la epopeya de Gilgamesh. Pero, pongamos la fecha de partida un poco más adelante.
En Egipto, monumentos y templos estaban inscritos con jeroglíficos. Imágenes misteriosas que contaban historias y que, durante mucho tiempo, quedaron sin traducción. No fue hasta el descubrimiento de la Piedra de Rosetta cuando se encontró la clave para descifrarlos. Ahora, hagamos el viaje al revés.
Imagina una barca fenicia —con una proa curva y adornada con un ojo pintado protegiendo a los marineros— navegando por las aguas del Mediterráneo, llevando no solo mercancías, sino el germen de lo que sería nuestro alfabeto. En ella hay también vasijas y utensilios egipcios, adornados con jeroglíficos, contando historias de faraones y dioses.
Los fenicios fundaron Gádir (Cádiz), Ulissipo (Lisboa) o Malakata (Málaga). Este pueblo no solo intercambiaba bienes tangibles, como el cobre, la cerámica e incluso el pigmento púrpura, sino que también eran portadores de conocimientos, tradiciones y, lo más importante para nuestro relato, su sistema de escritura. Fue este sistema el que influiría en la creación del alfabeto griego.
Heródoto, el padre de la historia, cuenta cómo el alfabeto llegó a Grecia
800 años antes de la Guerra de Troya, en el 2000 a. C., un príncipe llamado Cadmo —hermano de Cílix, Fénix y Europa y fundador de Tebas— habría llegado a las costas de Grecia. Así lo cuenta y fecha Heródoto, el historiador griego. Sin embargo, otros registros lo sitúan casi contemporáneamente a este conocido evento, según GreekReporter.
Cadmo, "valiente en griego", —el que colaboró con Zeus para derrotar a Tifón— vendría de una estirpe de Argos huida a Egipto y posteriormente a Canaán —o Fenicia—. Trajo el alfabeto, y Heródoto a través de sus crónicas, cuenta cómo los griegos adoptaron y adaptaron, dándole un giro propio: agregando vocales, algo que el original fenicio carecía. (Lo que podría motivar que el árabe no las tenga).
Posteriormente, el paso del alfabeto griego al latino tiene su origen en la expansión del Imperio Romano. Los romanos, al conquistar Grecia, quedaron impresionados por su cultura y conocimientos.
Si bien el latín ya tenía un sistema de escritura, este fue enriquecido y adaptado por influencia griega. La versatilidad del alfabeto latino lo convirtió en la base para muchas lenguas modernas, incluido el español.
El alfabeto latino viajó punta a punta del Mediterráneo
La escritura no es estática; cambia y se adapta según las necesidades y las influencias de los pueblos. Así como los fenicios y pueblos proto-semíticos adaptaron y transportaron signos cuneiformes y jeroglíficos de las antiguas culturas mesopotámicas y egipcias —base para el copto que permitió la traducción de la piedra Rosseta—, los griegos y romanos lo modernizaron y expandieron a su vez.
Cada letra que escribimos, cada palabra que leemos, también aquí, es un eco de civilizaciones pasadas, de viajes en barcas fenicias, griegas o latinas que surcaban mares desconocidos, de monumentos egipcios que guardaban secretos y de textos griegos que narraban hazañas y sabidurías.
