Restauradores de código, cuando unas líneas se convierten en patrimonio cultural e histórico

Elígenos como tu fuente preferida en Google.
Hay programadores dedicados a preservar décadas y décadas de la historia de la informática, aunque ni las empresas ni la legislación se lo ponen nada fácil.
Hace ya más de 10 años que Vint Cerf advirtió sobre lo que el denominaría una "era oscura digital". Se refería a la obsolescencia del hardware y del software actual como un paso en falso de toda la historia de la humanidad, olvidando lo que supuso el siglo XXI.
Cerf era entonces vicepresidente de Google y, más relevante aún, una de las figuras clave para la consolidación de internet, por lo que sus predicciones fueron una alarma para toda la industria, que no dudó en ponerse las pilas para salvaguardar algo tan preciado para el ser humano.
En el mundo de la literatura, el arte y, en general, la cultura, aparece la figura del restaurador y el conservador, para que cuando tú visites un monumento que lleva en pie milenios, puedas acceder a una visión completa, dentro de los márgenes lógicos que permite un formato tan volátil como la piedra o el ladrillo.
Pero incluso con monumentos históricos que apenas suponen unas piedras en el suelo, estas figuras profesionales son imprescindibles para que la historia no caiga en saco roto; quizá el hardware sea más evidente, aunque el software también es un aspecto crítico en el mundo tecnológico en el que vivimos.
Aquí aparecen los restauradores de código, más conocidos en el ámbito técnico como preservacionistas del software. Entre las posturas ecologistas, el conservacionismo y el preservacionismo no son lo mismo, y aquí parece que estos conceptos se presumen como idénticos.
Así, los preservacionistas del software son todos esos desarrolladores que buscan conservar el software de la misma forma que aparecía en su momento originario, con ejemplos muy populares en la figura del videojuego DOOM, quizá la joya digital mejor preservada de todo el mundo.
Un mundo tecnológico que se enfrenta a la extinción
Los bits de información se almacenan siempre en in formato físico, por lo que una mala conservación de estos puede llevar a la pérdida consecuente de su contenido, el software, que puede ser un videojuego metido en un CD-ROM, un programa insertado en un disquete magnético o cualquier otra variable.
Hay muchos ejemplos de este tipo que apenas llevan décadas en la sociedad actual y que, seguramente, la mayor parte de la población ni siquiera recuerden, como chips gráficos o tarjetas de sonido dedicadas que ya no funcionan en los equipos modernos.
Aquí hay datos demoledores, como lo reflejado en un estudio masivo de 2023 elaborado por la Video Game History Foundation (VGHF), que concluyó que el 87% de los videojuegos clásicos vendidos en Estados Unidos antes de 2010 ya se han extinguido o están fuera del mercado.
En comparación con lo que se puede encontrar en la industria cinematográfica, sobre todo la relacionada con el cine mudo, la tasa de recuperación es apenas del 13,27%; esto quiere decir que encontrarlos a día de hoy puede suponer una búsqueda incansable en tiendas de segunda mano dedicadas a la preservación directa de estos títulos.
Ahora bien, imagina cualquier software, como un programa ofimático o un videojuego, como los planos de una catedral construida hace tiempo: si el arquitecto no tiene disponibles sus planos, la tarea de reconstrucción puede ser hercúlea. Y lo mismo ocurre con el software digital.
En la Nochebuena de 1997, John Carmack, el cofundador y programador principal de id Software, liberó todo el código fuente del motor del videojuego DOOM (1993). Él sabía perfectamente que podría desaparecer en unas décadas y, gracias a aquel movimiento estratégico, consiguió que el título aún hoy pueda correr en los dispositivos más aleatorios, desde un reloj inteligente hasta un microondas.
Leyes que provocan a largo plazo la muerte del software histórico
También hay situaciones en las que un desarrollador no tiene acceso a una licencia pública general, debido a que el creador no ha compartido su código fuente. Es el caso de cierres repentinos de compañías que mantenía un determinado software o de actores que guardaban su secreto en un cofre cerrado con llave.
Los restauradores, en una tarea incansable, han de realizar aquí técnicas de ingeniería inversa y descompilación, por lo que el tiempo se amplía notablemente; y si no ha financiación suficiente, la tarea recae simplemente sobre la voluntad de estos profesionales, lo que provoca que una gran parte del software acabe perdido.
A diferencia de lo que puede ocurrir –y que no siempre ocurre– con la conservación a nivel cultural de obras artísticas o literarias, la Unión Europea (UE) va muy por detrás en el mundo del software y de los programas informáticos, con un marco normativo totalmente desactualizado y aprobado en 2009.
Por ejemplo, según esta legislación, si una compañía lleva ya 40 años desaparecida y ha dejado el software desamparado, aún este mantiene los derechos de autor sobre él hasta incluso 70 años después de la creación de la obra. Esto implica que, si una compañía desaparece en 2010 y ha creado un software en 1980, nadie podrá tocarlo hasta 2050.
En la práctica, esto supone un "asesinato" directo sobre el software, ya que su preservación o conservación recaerá sobre comunidades a las que seguramente se perseguirá con la premisa de encontrar a quien vulnera los derechos de autor del mismo.
Es un modelo que se hace mucho más evidente en el sector de los videojuegos, con iniciativas propias como la de Stop Killing Games, quizá una de las más afianzadas en el mundo de la preservación. En esta industria, si una gran compañía decide poner punto y final a un servidor, el videojuego acaba siendo un simple trozo de plástico.
Así ocurrió con el caso más popular de este mercado, The Crew, un videojuego desarrollado por Ubisoft. Tras su fracaso a principios de 2024, la multinacional decidió revocar las licencias digitales de las cuentas de sus usuarios, además de impedir expresamente que la comunidad pudiera desarrollar servidores privados mediante emulación para mantener al título con vida.
Esto supuso un ante y un después para la comunidad, que vio cómo algo que había adquirido cerraba definitivamente, sin tener una solución a cambio y, por supuesto, sin mantener la propiedad este bien, una crisis que podría agravarse con el fin del formato físico de la industria.
Los restauradores se posicionan en este ámbito como una especie de héroes sin capa que permiten que el software no acabe muerto por decisiones empresariales o por el fin del hardware. Una figura que acabará cobrando más sentido con cada año que pasa.
