Los profesores se están convirtiendo en máquinas humanas en detectar la IA: "Si no es así, te has pasado de la raya"

La DMU permite a los alumnos usar herramientas de IA siempre que expliquen cómo y para qué la han utilizado. Ante esto, los profesores ya reciben cursos para detectar señales de uso indebido de ChatGPT.
Los profesores ya actúan casi como máquinas humanas debido a que son capaces de detectar patrones extraños para cazar rastro de inteligencia artificial en los trabajos de sus alumnos. Una situación que se está aplicando en universidades como De Montfort, en el Reino Unido.
ChatGPT y otras herramientas de IA se han convertido en compañeros de estudio para miles de universitarios para redactar ensayos, estructurar ideas o aclarar conceptos. Pero la línea entre aprovechar su potencial y dejar que piense por ellos es cada vez más difusa.
Para evitar que el fenómeno se descontrole, las universidades han optado por una vía intermedia, que si bien no prohíbe el uso de esta tecnología y los chatbots, sí se exige transparencia. Es decir, los estudiantes pueden utilizarla si explican cómo la han usado.
En cambio, si presentan un texto generado por completo por un chatbot, se considera mala conducta académica. Al mismo tiempo, la institución entrena a sus profesores para detectar "marcadores artificiales" que los algoritmos de detección muchas veces ni siquiera captan.
La nueva habilidad de los profesores: detectar IA sin depender de la IA
Los docentes han pasado de corregir redacciones a rastrear patrones digitales. En las sesiones de formación aprenden a identificar repeticiones sospechosas, expresiones que no encajan con el estilo del alumno o giros de lenguaje propios de un asistente de texto.
De acuerdo con el medio BBC, algunos aseguran que desarrollan una especie de "instinto visceral" que les permite reconocer cuándo algo no suena humano, aunque no siempre puedan explicar por qué.
Pero el entrenamiento no consiste solo en usar detectores automáticos, sino que muchos de esos programas fallan o presentan errores, marcando como "hecho con IA" textos escritos por personas reales.
Es por esta razón que las universidades, como la DMU, prefieren confiar en la lectura crítica de los profesores antes que en el veredicto de una herramienta de IA. La clave, dicen, es volver a escuchar al texto y entender si detrás hay un trabajo humano o un chatbot.
Usar la IA sin pasarse de la raya
En De Montfort, la política es clara: la IA no está prohibida, pero tiene límites. Los estudiantes pueden usarla para revisar redacciones, traducir frases o generar ideas, siempre que reconozcan su uso. Lo que no pueden hacer es presentar contenido ajeno como propio o inventar citas generadas por un chatbot. Si lo hacen, el caso pasa directamente a un comité disciplinario.
"¿Es tu trabajo? ¿Son tus palabras? Si no es así, te has pasado de la raya", resumen los profesores en las sesiones de orientación. La mayoría de los casos de mal uso no son fraudes deliberados, sino errores por falta de conocimiento.
Los docentes, por su parte, aseguran que su función no es cazar a nadie, sino educar el uso responsable. Por eso, la universidad promueve talleres donde se explica cómo citar contenido generado por IA, cómo integrarlo en un ensayo o cómo distinguir la inspiración de la dependencia.
Para buena parte del profesorado, prohibir la inteligencia artificial sería tan absurdo como haber prohibido Internet hace 30 años, por lo que la cuestión no es eliminarla, sino enseñar a usarla con sentido. La universidad quiere que los estudiantes entiendan que estas herramientas pueden servir para mejorar su razonamiento, no para sustituirlo.
Algunos reconocen que la IA ha llegado para quedarse, del mismo modo que los buscadores o los correctores ortográficos e ignorarla sería retroceder. Pero también insisten en que el aprendizaje sigue teniendo un componente humano irremplazable, que es pensar por cuenta propia.
Entre los alumnos, las opiniones son variadas, donde muchos la usan como apoyo, sobre todo los que estudian en inglés como segunda lengua. Otros recurren a ella para reformular ideas o mejorar la redacción, pero todos coinciden en lo mismo: existe miedo a cruzar la línea sin darse cuenta.
Algunos estudiantes, como los de enfermería o ingeniería, defienden que la IA puede ser una herramienta útil si se usa con transparencia, puesto que permite ahorrar tiempo, mejorar la comprensión o revisar textos. Aun así, insisten en que depender por completo de la tecnología equivale a renunciar al propio criterio.
El reto de las universidades no es solo académico, sino también cultural. La IA ha cambiado la relación entre profesores y estudiantes, introduciendo una nueva variable, como es la desconfianza, por ello, los profesores temen que cada tarea sea una prueba de autenticidad.
Algunas instituciones británicas ya ensayan modelos de transparencia, en el cual los estudiantes deben declarar qué herramientas de IA han usado y con qué propósito. No se penaliza su uso, pero sí el intento de ocultarlo, por lo que es una forma de devolver la confianza.

