José Escamilla, experto en tecnología educativa: "Hacer los deberes con la IA es como pagar el gimnasio y pedirle a alguien que vaya por ti”

Un experto examina el impacto de los agentes de IA en la educación y plantea un modelo para adaptarse a un mercado laboral donde las habilidades humanas marcarán la verdadera diferencia.
La inteligencia artificial ya está en las escuelas, en los móviles y en muchas apps educativas. Pero la cuestión ya no es si la van a usar los alumnos, sino qué pasa con su aprendizaje cuando la delegan casi todo en herramientas como ChatGPT.
José Escamilla, ingeniero, experto en IA y director del Instituto para el Futuro de la Educación del Tec de Monterrey, en México, lo resume con una imagen clara en una entrevista concedida al medio Clarín.
Cuando usas la IA para que haga los deberes por ti, no estás aprovechando una ayuda puntual, estás dejando que piense en tu lugar. Y eso, sostiene, debilita el músculo cognitivo que la escuela debería entrenar.
Escamilla recuerda que la educación ya vivió otras olas tecnológicas. La calculadora y los simuladores permitieron dejar fuera del aula operaciones tediosas para centrarse en conceptos más complejos.
La diferencia ahora es que la IA generativa no solo hace cuentas, sino que resume textos, redacta composiciones, propone argumentos e incluso critica ideas.
Cuando dejas que el sistema haga todas esas tareas, se produce una descarga cognitiva, donde parte del esfuerzo mental pasa a la máquina.
Si eso se vuelve hábito, aparece lo que él llama déficit cognitivo. Dejas de practicar habilidades básicas de comprensión, síntesis y escritura, y el resultado es un alumno que se apoya cada vez más en la IA.
Atajos, sesgos y menos creatividad
Escamilla menciona estudios iniciales, como los realizados en el MIT, que apuntan a cambios en cómo se activan ciertas conexiones neuronales en jóvenes que usan de forma intensiva herramientas de IA para estudiar.
No son conclusiones definitivas, pero coinciden con lo que muchos profesores ya comentan en clase, que es menos esfuerzo, más dependencia del "copia y pega inteligente".
A esto se suma el problema de los sesgos, en el cual los modelos tienden a repetir patrones de género, raza o roles profesionales presentes en los datos con los que se entrenaron.
Si pides ejemplos o descripciones, lo habitual es que devuelvan una visión parcial del mundo. Y está también el efecto "cámara de eco". La mayoría se queda con la primera respuesta de la IA; las mismas ideas se repiten, se reduce la variedad de enfoques y se empobrece la creatividad.
Cuando la IA sí aporta en el aula
A pesar de estas advertencias, José Escamilla no propone bloquear la IA en educación, sino que señala varios usos con sentido claro.
Uno es crear asistentes de preguntas y respuestas a partir de materiales de clase, disponibles a cualquier hora para resolver dudas sobre un temario concreto.
Otro es generar ejemplos, ejercicios o casos adaptados a distintos niveles sin que el docente tenga que construirlos todos desde cero. También puede facilitar un feedback sobre ciertas tareas.
La condición que pone es que el profesor se haga responsable de lo que la herramienta produce, por lo que la inteligencia artificial debe complementar su trabajo, no sustituirlo.
Por eso habla de combinar "zonas libres de IA" con otras donde su uso esté permitido. En algunas actividades se puede usar la herramienta con normalidad; en otras se exige trabajo propio.
Cómo integrarla en escuela y universidad
En educación básica, el experto propone usar la IA como punto de partida para pensar, no como solución final. Se puede pedir al chatbot una respuesta, leerla en clase y pedir al alumnado que la cuestione.
Qué falta, qué sobra, qué sesgos aparecen, qué alternativas se podrían formular. También recomienda recuperar peso de las evaluaciones orales y de las tareas realizadas a la vista del profesor, donde se vea cómo razona cada niño o adolescente.
En la universidad, el reto va más allá, donde la presencia de IA obliga a revisar qué deben aprender los estudiantes de cada carrera. Un médico, una arquitecta, un periodista trabajarán con estas herramientas, pero necesitarán criterio propio para usarlas bien.
No basta con estudiar unos años y pensar que la formación ha terminado. Los cambios que trae la IA harán necesario actualizarse varias veces a lo largo de la carrera profesional.
Buscar un equilibrio, no prohibir la IA
Otro punto que subraya es la desigualdad. Si una parte del alumnado combina lectura, debate y uso crítico de la IA, mientras otra se limita a aceptar respuestas automáticas sin comprobarlas, aparece una diferencia de fondo en la forma de pensar.
La escuela debería servir para compensar la falta de capital cultural de muchos hogares, no para reforzarla. Y es que ninguna IA puede cumplir sola ese papel sin acompañamiento humano.
El mensaje de José Escamilla es que la IA no es el enemigo, pero tampoco la solución a todo. Si la usas para ahorrar esfuerzo en cada ejercicio, el pensamiento crítico se resiente.
Si la incorporas de forma medida, con tareas donde analizas lo que produce y otras donde trabajas sin ella, puede convertirse en un refuerzo útil. La responsabilidad está en cómo se diseña ese uso, tanto en casa como en la escuela y en la universidad.

