Lani Watson, filósofa, sobre el poder de preguntar: "Si solo te interesan las respuestas, te estás perdiendo algo"

Elígenos como tu fuente preferida en Google.
Watson explica que aprender a preguntar pasa por varias etapas y que aceptar que no sabemos algo es clave para pensar mejor, aprender más y ampliar nuestra forma de ver el mundo.
Hay personas a las que hacer una pregunta les cuesta más de lo que parece. A veces es por vergüenza, por miedo a parecer ignorantes o simplemente por pereza. Resulta más cómodo quedarse con lo que creemos saber, buscar una respuesta rápida o evitar una conversación que podría obligarnos a reconocer que no tenemos las cosas tan claras. El problema es que, al evitar esa incomodidad, también pueden estar renunciando a una parte importante del aprendizaje. Y eso es lo que defiende Lani Watson, filósofa especializada en epistemología y honorary fellow de la Universidad de Edimburgo.
En su libro Q: The Hidden Power of Questions in a World That Wants Answers plantea la idea de una sociedad acostumbrada a premiar las soluciones rápidas: “Si solo te interesan las respuestas, te estás perdiendo algo”.
Una pregunta puede despertar curiosidad, obligarnos a revisar una certeza, llevar una conversación hacia algo inesperado o hacernos descubrir que estábamos dando algo por hecho sin haberlo pensado demasiado.
Pero es importante mencionar que lo que se pierde al no preguntar no es únicamente información, sino también la oportunidad de pensar de otra manera.
Nuestro cerebro quiere cerrar las dudas cuanto antes

Watson relaciona esta tendencia con lo que se conoce como cierre cognitivo, que, en términos sencillos, es el deseo de obtener una respuesta clara y terminar con la incertidumbre.
Cabe señalar que no es necesariamente algo negativo, sino que hay situaciones en las que necesitamos decidir rápido y avanzar.
Tu circuito de recompensa se activa independientemente de si obtienes la respuesta a una pregunta.
El problema aparece cuando esa necesidad de cerrar una pregunta nos lleva a aceptar demasiado pronto una explicación y dejamos de explorar otras posibilidades. Ante esto, la filosofía tiene una palabra para el momento contrario, la aporía.
Describe ese estado en el que reconocemos que todavía no tenemos una respuesta clara. Watson defiende que aprender a permanecer un poco más tiempo ahí puede ayudarnos a investigar mejor lo que pensamos.
Preguntar también puede resultar estimulante
La filósofa recurre además a investigaciones sobre los circuitos cerebrales relacionados con la recompensa. Según explica, el proceso de buscar información iniciado por una pregunta puede activar mecanismos vinculados con la dopamina.
Eso no significa que preguntar nos haga automáticamente más felices, sino que la idea es más sencilla, ya que nuestro cerebro puede encontrar valor en explorar y no solo en llegar al resultado final.
Lani Watson divide esa capacidad de cuestionar en cuatro niveles. El proto-cuestionamiento consiste en explorar el entorno en busca de información; el cuestionamiento privado ya implica una búsqueda deliberada.
El social aparece cuando recurrimos a otra persona para saber algo y el hablado permite utilizar el lenguaje para preguntar por situaciones abstractas, futuras, pasadas o imaginarias.
En un mundo donde Google, los asistentes de IA y todo tipo de herramientas pueden responder casi cualquier duda en segundos, Watson no propone renunciar a esa comodidad. Su idea es otra: evitar que una respuesta rápida sustituya por completo al proceso de pensar.
Porque saber algo resuelve una duda concreta, pero preguntar bien, en cambio, puede descubrir que el verdadero problema era otro y llevarnos hacia cuestiones que ni siquiera sabíamos que necesitábamos plantearnos.
