De Sora a TikTok: los expertos creen que la generación Z está entregando sus datos sin control, y no son conscientes de los riesgos reales

Getty Images.
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Cada vez más especialistas se refieren a este fenómeno como "economía de vigilancia", y alertan sobre una preocupante renuncia consentida a la privacidad. 

Cuando Sora, la inteligencia artificial de OpenAI, vio la luz, muchos jóvenes de la generación Z se lanzaron presuroso a utilizarla de manera personal. Es decir, para llevar a cabo vídeos ultrarrealistas de ellos mismos partiendo de selfies, clips de audios o grabaciones. Desde un punto de vista lógico, es natural, teniendo en cuenta que es algo que se comparte siempre en TikTok y otras redes sociales.

Pero los expertos no lo ven con buenos ojos. Precisamente están dando la voz de alarma por eso: la mayoría de jóvenes conceden información personal y datos privados como si nada. Esa es la realidad: lo hacen en muchos de sus perfiles de diferentes plataformas, y ahora la IA solo es un paso más en la misma conducta. Sin embargo, esta tendencia es más peligrosa de lo que parece.

La generación Z se despreocupa

El principal riesgo de todo esto, dicen los expertos, pasa porque la generación Z asocia compartir sus datos personales con diversión. Es algo que las redes sociales llevan provocando desde hace bastante tiempo, pero que la inteligencia artificial ha transformado hasta un nuevo nivel. ¿Cuál es el problema con Sora que no estuviese en TikTok?

Expertos como los de San Francisco Chronicle ven en ello un riesgo considerable. Y explican la razón. Al emplear aplicaciones de inteligencia artificial como Sora, los usuarios están regalando lo que los especialistas llaman datos biométricos de alta precisión. Es decir, patrones faciales, expresiones, la forma exacta de la voz o movimientos característicos del cuerpo.

Aunque sea algo que pueda parecer una broma para muchos, en especial para los integrantes de la generación Z, no lo es. Con esta práctica están permitiendo que las grandes empresas tecnológicas tengan un acceso aún mayor a la recolección de datos, especialmente ahora que la inteligencia artificial necesita enormes volúmenes de información personal para funcionar mejor.

La cuestión de fondo, señalan, es que muchos jóvenes no solo entregan sus datos despreocupadamente, sino que lo ven como lo más normal del mundo. No se trata de que ignoren la vigilancia masiva a la que la gente se enfrenta, o la falta de privacidad, sino simplemente que lo entienden como algo inocente, inevitable, cotidiano. Cuando no debería de ser así.

La amenaza de la "economía de vigilancia"

Las consecuencias de todo esto se ha convertido en lo que muchos expertos ya conocen como "economía de vigilancia". O lo que es lo mismo, un esfuerzo constante por conocer hábitos de consumo, localización, registros biométricos, voz, relaciones sociales o incluso reacciones. Algo que los usuarios ponen en bandeja cada día en redes y ahora más con la IA.

¿Y por qué eso es un problema? Pues porque al final se traduce en campañas publicitarias más agresivas, sistemas predictivos y manipulación digital. Y lo peor de todo: que lo que antes era privado, ahora es prácticamente de dominio público. Con todo lo que eso conlleva.

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