Stephen Hawking, divulgador científico: "Recuerda mirar las estrellas y no tus pies"

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Stephen HawkingMontaje

El trabajo del astrofísico británico no se limitaba a resolver ecuaciones o teorías, también consistía en plantear preguntas que nadie más se estaba haciendo.

Stephen Hawking tenía 21 años cuando los médicos le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica y le dieron dos años de vida. Murió en 2018, a los 76, después de haber reformulado la manera en que la humanidad entiende el espacio, el tiempo y los agujeros negros.  

Lo que ocurrió en esos cincuenta y cinco años es el único contexto desde el que tiene sentido escuchar cualquier cosa que dijera sobre cómo vivir y afrontar el día a día.

El consejo que se le atribuye con más frecuencia es la cita —mirar las estrellas en lugar de los pies—, que forma parte de un mensaje más largo que dirigió a sus hijos. 

Hawking habló de tres cosas: de mantener la curiosidad y la ambición intelectual por encima de las circunstancias inmediatas, del trabajo como fuente de sentido y propósito, y del amor como algo que, si aparece, merece ser cuidado y no desperdiciado.

Su frase es la destilación de una experiencia muy concreta, la de alguien que tuvo razones sobradas para rendirse y eligió sistemáticamente no hacerlo. La diferencia entre ambas cosas importa más de lo que parece.

¿Qué significa mirar las estrellas?

Cabe señalar que la ELA destruye las neuronas motoras de forma progresiva e irreversible, donde el cuerpo pierde la capacidad de moverse, de tragar, de hablar. 

En el caso de Stephen Hawking, el deterioro avanzó más despacio de lo previsto, pero su trayectoria fue igualmente implacable, ya que primero fueron las manos, luego las piernas y finalmente la voz. 

Durante sus últimas décadas se comunicó a través de un sintetizador controlado por el movimiento de un músculo de la mejilla.

En ese mismo periodo formuló la teoría de la radiación de Hawking, que demostró que los agujeros negros no son estructuras eternas, sino que emiten energía térmica y se evaporan lentamente. 

Junto a Roger Penrose estableció que las singularidades son consecuencias inevitables de la relatividad general, no excepciones matemáticas. Siguió publicando investigación hasta el último año de su vida.

En su caso, eso significaba hacerse preguntas sobre el universo, sobre el origen del tiempo o sobre las leyes que rigen la realidad. Pero el fondo es más amplio, una llamada a no quedarse en lo evidente, a no limitarse a lo que se tiene delante.

La otra parte de la idea —no centrarse solo en los pies— apunta a lo contrario: quedarse en lo cotidiano sin cuestionarlo, moverse en automático, sin curiosidad ni perspectiva.

El científico que cambió las reglas

En 1988 publicó Una breve historia del tiempo, un libro sobre cosmología cuántica y agujeros negros que vendió más de diez millones de copias. Su editor le advirtió antes de la publicación que cada ecuación incluida reduciría a la mitad el número de lectores. 

Hawking incluyó una sola, E=mc², y dejó el resto en lenguaje comprensible para cualquier persona sin formación científica.

Esa decisión reflejaba una convicción que sostuvo durante toda su carrera, donde las preguntas más grandes sobre el universo no deberían ser patrimonio exclusivo de los físicos. 

En los años 80, esa postura era inusual en el mundo académico. Hoy parece obvia porque décadas de divulgación científica han normalizado la idea. Fue uno de los primeros en demostrar que era posible y uno de los que lo hizo con mayor credibilidad científica detrás.

Stephen Hawking murió el 14 de marzo de 2018 en Cambridge. Sin el contexto de su vida, sus consejos son intercambiables con los de cualquier libro de desarrollo personal. 

Trabajo, curiosidad y amor. Sin adornos, sin jerarquías artificiales, solo tres cosas que, en su experiencia, hacían que una vida valiera la pena vivirla al máximo cada día.

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