¿Nos está haciendo el uso de la inteligencia artificial más estúpidos?

Varios estudios han dado la voz de alarma: ¿y si herramientas tan utilizadas como ChatGPT estuviesen reduciendo las capacidades cognitivas de los usuarios?
Cuando se habla de los peligros de la inteligencia artificial, suele comentarse la posibilidad de que esta se descontrole. Es decir, que surjan escenarios fatales muy propios de las películas de ciencia ficción como Matrix o Terminator. La IA toma control de sí misma, o algo por el estilo, y decide que lo más sensato es terminar con los humanos por la razón que sea.
Sin embargo, ¿qué ocurriría si esta no fuese la principal amenaza de la tecnología hacia el hombre? Por un momento imagina un mundo en el que la IA o la robótica lo facilitasen todo hasta niveles que hubiesen parecido impensables hace no tanto tiempo. ¿Podría eso provocar que la inteligencia artificial nos volviera más estúpidos? En realidad, ya hay expertos preocupados por ello.
La inteligencia artificial y la estupidez humana
La inteligencia artificial ya es una realidad. Es imposible saber qué sucederá con ella en el futuro, pero no puede discutirse que herramientas como ChatGPT han cambiado el día a día de mucha gente. Ya sea con resultados mejores o peores (todo es discutible), lo cierto es que la IA ha entrado ya en muchos trabajos, o en las propias tareas que llevan a cabo los estudiantes de forma cotidiana.
El problema de todo esto, más allá de cuestiones éticas y demás, podría estar en la acción de pensar. O dicho de otra forma, en la posibilidad de que el uso continuado de la inteligencia artificial pudiese volver a la gente más estúpida. ¿Parece exagerado? Puede, pero, al igual que sucede con las redes sociales, ya existen investigaciones al respecto que se toman muy en serio la cuestión.
Un estudio reciente de Microsoft y la Universidad Carnegie Mellon encontró que los trabajadores del conocimiento que dependen excesivamente de la IA tienden a mostrar niveles más bajos de pensamiento crítico y creatividad. La razón parece ser que, en lugar de evaluar y cuestionar la información generada por la IA, muchas personas la aceptan sin más, reduciendo su capacidad de discernimiento.
Además, existe otro problema que investigaciones como la compartida en The Telegraph ponen de manifiesto. ¿Qué pasa si profesionales como periodistas o programadores se dedican a delegar cada vez más en propuestas como ChatGPT? Pues que, con el tiempo, lo más probable es que terminan reduciendo mucho sus habilidades a base de no entrenarlas en absoluto.
Una innovación sin vuelta atrás
El propio Sam Altman, padre de ChatGPT, lo reconoció hace poco: no existe ningún botón rojo para detener a la IA en caso de que esta se descontrolara. Pero ni siquiera hace falta irse tan lejos. Todo parece indicar que, incluso sin catástrofes de por medio, la IA ya no va a desaparecer, igual que tampoco lo harán Internet o las redes sociales, para bien o para mal.
La mejor solución, quizá, ni siquiera pase por demonizar a la tecnología en general y a la IA en particular, pero sí en ser prudentes y consecuentes con su uso. Quién sabe si, a la larga, hasta el propio cerebro podría agradecerlo.