¿Usas ChatGPT más de 10 minutos al día? El aviso de los expertos sobre cómo está cambiando tu estructura cerebral

Los chatbots de IA como ChatGPT no son solo una herramienta: es un espejo. Un nuevo estudio revela el límite de tiempo exacto tras el cual tu cerebro empieza a delegar el pensamiento crítico en la IA.
ChatGPT afecta a la forma de pensar de la gente. Esta es una realidad con la que cada vez más expertos están de acuerdo. Algunos, incluso no tienen ningún reparo en decir que la IA nos volverá más estúpidos a todos. Al menos, a todos los que la usen con frecuencia.
Un nuevo estudio, sin embargo, ha ido más allá y ha decidido cuánto tiempo hace falta pasar con herramientas como ChatGPT para que se empiece a notar su influencia (mala, claro) en el pensamiento. Lo más llamativo del asunto es que no es demasiado: solo diez minutos, explican los expertos.
La investigación, citada recientemente en medios tecnológicos internacionales, analizó cómo reaccionan las personas cuando utilizan sistemas de IA generativa para resolver tareas cognitivas. Después de utilizar inteligencia artificial durante periodos muy cortos -apenas de diez minutos-, los participantes mostraban menor esfuerzo cognitivo y menos tendencia a analizar profundamente los problemas.
En otras palabras: el cerebro parecía entrar rápidamente en un modo de "piloto automático" en cuanto sabía que la IA podía hacer el trabajo difícil. De ahí que decidieran explorar menos alternativas, cuestionar menos las respuestas (adiós al espíritu crítico) y dedicar menos energía mental a desarrollar razonamientos propios.
El estudio deja claro que ChatGPT no daña el cerebro ni reduce la inteligencia de forma directa. El problema es mucho más sutil. Cuando una persona recibe respuestas inmediatas, estructuradas y aparentemente completas, el cerebro tiende naturalmente a ahorrar energía. Es un comportamiento muy humano: si existe una vía rápida, solemos utilizarla.
Por eso los investigadores creen que herramientas como ChatGPT pueden generar dependencia cognitiva progresiva. No porque la IA sea maliciosa, sino porque resulta extraordinariamente cómoda. Y cuanto más cómoda es una herramienta, menos tendemos a ejercitar ciertas habilidades mentales.
ChatGPT no ha inventado nada, viene de lejos

Uno de los aspectos más curiosos del estudio es aquel que dice que ChatGPT no ha sido pionero en nada de esto. En realidad lleva produciéndose desde que delegamos procesos mentales en herramientas externas. ¿Y cuándo ha sucedido eso? Pues con calculadoras, GPS o Internet. Buscar en Internet sin necesidad de recurrir a libros o a información menos inmediata también pasa factura.
Un ejemplo muy claro anterior a ChatGPT: los teléfonos móviles. Antes de ellos, mucha gente recordaba unos cuantos números de teléfono en la memoria. Al menos el propio, de sus parientes más cercanos, de su pareja, etcétera. Ahora que es el propio dispositivo el que los almacena, nadie hace ese esfuerzo, y se memorizan muchos menos.
También usamos menos memoria espacial porque Google Maps nos guía constantemente. El cerebro hace menos esfuerzo que cuando lo más que se podía hacer era echar un vistazo a un callejero de los de toda la vida. Y orientarse uno mismo, claro, observando el entorno.
¿La diferencia? Que ChatGPT introduce una evolución importante: ahora no solo delegamos memoria o cálculos, sino también razonamiento, redacción y análisis. Una calculadora no hacía eso. Ni siquiera un teléfono móvil, si se apura un poco.
Los investigadores creen que muchas personas podrían acostumbrarse a aceptar respuestas generadas por IA sin analizarlas demasiado. Eso es especialmente delicado porque ChatGPT puede equivocarse, inventar datos o generar respuestas convincentes pero incorrectas. De hecho, suele hacerlo cada dos por tres, las célebres alucinaciones.
El problema, dicen, es que cada vez más estudiantes utilizan IA para redactar trabajos, resumir libros, resolver ejercicios, o incluso inspirar ideas. Además, muchas empresas ya emplean ChatGPT para escribir informes, automatizar correos o programar. De ahí que las consecuencias a nivel cognitivo, dicen los expertos, sean aún imposibles de prever. Pero no tiene buena pinta.

