Maurits Cornelis Escher, el maestro de las figuras imposibles: "Era un desastre en matemáticas, pero, al parecer, uso teorías matemáticas sin darme cuenta, los matemáticos ilustran sus libros con mis pinturas"

Escher demuestra que sus obras hacen visible lo imposible y convierten la geometría en una experiencia que cualquiera puede mirar, aunque no sepa resolver una ecuación matemática.
Maurits Cornelis Escher no fue un buen estudiante de matemáticas, pero sus escaleras imposibles, patrones infinitos y mundos que engañan al ojo acabaron fascinando a matemáticos, científicos y amantes del arte por igual.
Hay imágenes que parecen normales durante unos segundos, hasta que el cerebro descubre que algo no encaja. Por ejemplo, una escalera sube sin llegar a ningún sitio, una cascada parece alimentarse a sí misma, una habitación permite caminar por paredes distintas como si cada una tuviera su propia gravedad.
Esa sensación de desconcierto es la puerta de entrada al universo de Escher, un artista capaz de convertir lo imposible en una escena limpia, precisa y casi cotidiana. Y es que detrás de esas imágenes estaba Maurits Cornelis Escher, más conocido como M. C. Escher.
Nació en 1898 en Países Bajos y murió en 1972, después de dejar una obra que sigue siendo reconocible de inmediato. Fue artista gráfico, no matemático, y trabajó sobre todo con técnicas como la litografía, la xilografía, así como el grabado.
Cabe señalar que su nombre quedó unido a las figuras imposibles, las simetrías, las teselaciones, las metamorfosis visuales, pero sobre todo, a los espacios donde la lógica parece funcionar hasta que deja de hacerlo.
Un pésimo estudiante que acabó interesando a los matemáticos

Es importante mencionar que Maurits era malo en matemáticas, pero usaba teorías matemáticas sin darse cuenta, hasta el punto de que los matemáticos ilustraban sus libros con sus obras.
No significa que resolviera ecuaciones de forma intuitiva ni que escondiera una formación científica secreta. Quiere decir que llegó a ideas matemáticas por otro camino: mirando, dibujando, repitiendo formas y preguntándose cómo podía engañar al ojo sin romper del todo la coherencia de la imagen.
Y precisamente aquí está lo interesante, ya que Escher no pensaba como un profesor de geometría, sino como un artista obsesionado con el encaje de las formas, la perspectiva, así como los límites de la percepción.
Donde un matemático veía simetrías, infinito o geometría no euclidiana, él veía peces que se transformaban en aves, reptiles que salían del papel o escaleras que daban vueltas sin final.
La geometría encontrada con los ojos

Buena parte de su obra funciona porque parte de reglas muy sencillas y las lleva hasta un punto extraño. En las teselaciones, por ejemplo, una figura se repite hasta cubrir una superficie sin dejar huecos.
Escher convirtió esa idea en algo vivo: animales, personas o criaturas que encajan unas con otras como si el papel fuese un mundo cerrado, por lo que sus figuras imposibles siguen otro camino.
En obras como Relativity, Waterfall o Ascending and Descending, cada parte parece tener sentido por separado, pero el conjunto resulta imposible. Basta mirar un poco más para darse cuenta de que la imagen no puede existir, aunque esté dibujada con una precisión impecable.
Sus obras sorprenden primero y se explican después, por lo que funcionan para quien solo quiere mirar una imagen rara, pero también para quien busca una forma visual de hablar sobre geometría, infinito, simetría o percepción.
A veces aparecen en una escalera que no termina, en un patrón que se repite sin descanso o en un espacio que parece lógico hasta que el ojo descubre la trampa. Quizá por eso su obra sigue viva porque convierte ideas difíciles en imágenes que cualquiera puede mirar, discutir y recordar.
