Tras más de 100 años, los científicos logran completar la teoría del color de Schrödinger

Una nueva investigación completa la teoría del color de Schrödinger. Se ha revelado cómo el tono, la saturación y la luminosidad emergen de nuestra percepción visual.
Un siglo después de que Erwin Schrödinger propusiera una explicación matemática de cómo percibimos el color, un equipo del Laboratorio Nacional de Los Álamos ha cerrado por fin el hueco que quedaba abierto en esta teoría.
El grupo, liderado por la científica Roxana Bujack, ha utilizado herramientas geométricas avanzadas para definir el eje de grises que estructura nuestra percepción del color y ha demostrado que tono, saturación y luminosidad se desprenden directamente de la propia geometría de ese espacio perceptivo.
Schrödinger y el color
Hace aproximadamente cien años, Schrödinger propuso una teoría para describir matemáticamente el espacio del color, es decir, la manera en que nuestra percepción organiza aspectos como el tono, la saturación y la luminosidad.
Cabe señalar que su objetivo no era explicar únicamente el comportamiento físico de la luz, sino comprender por qué experimentamos el color de la forma en que lo hacemos.
A pesar de su relevancia, aquella teoría quedó incompleta debido a que existían aspectos fundamentales de la percepción cromática que no podían definirse con precisión dentro del marco matemático propuesto originalmente.
Pero el nuevo avance ha sido liderado por Roxana Bujack, científica del Laboratorio Nacional de Los Álamos, junto a un equipo de investigadores que recurrió a la geometría para abordar el problema desde una perspectiva diferente.
De forma simplificada, la geometría permitió representar matemáticamente las relaciones existentes entre las distintas experiencias cromáticas. Los investigadores desarrollaron una definición matemática capaz de describir con mayor rigor cómo se estructura el espacio perceptivo del color.
La clave reside en que algunas propiedades que damos por sentadas al observar el mundo podrían responder a principios geométricos subyacentes. Es decir, la forma en que distinguimos determinados matices seguiría patrones que pueden expresarse mediante herramientas matemáticas.
Una de las conclusiones más interesantes del trabajo de Bujack y su equipo es que si el eje neutro, el tono, la saturación y la luminosidad se pueden derivar a partir de la métrica del espacio de color, entonces estas cualidades no son artefactos culturales, sino propiedades que nacen de la propia arquitectura de nuestra percepción.
Eso no significa negar la influencia del lenguaje o de la cultura en cómo nombramos y categorizamos los colores. Significa, más bien, que por debajo de esa capa cultural hay una estructura geométrica compartida: un modo consistente en que los ojos humanos ordenan el espacio cromático y asignan “distancias” entre colores.
¿Qué han conseguido exactamente los científicos?
El resultado no implica el descubrimiento de nuevos colores ni modifica la capacidad del ojo humano para percibirlos; tampoco altera las leyes conocidas sobre la luz. Lo que sí aporta es una comprensión más completa de cómo se relacionan entre sí las diferentes experiencias cromáticas dentro del sistema visual humano.
Gracias a este trabajo, la teoría del color planteada por Schrödinger cuenta ahora con una formulación matemática más sólida y precisa. En otras palabras, los científicos han logrado completar una descripción que llevaba más de un siglo incompleta y que intenta responder por qué vemos los colores como los vemos.
La relevancia del hallazgo va más allá del interés histórico o teórico, ya que una comprensión más precisa de la percepción cromática podría contribuir al desarrollo de tecnologías capaces de representar el color con mayor fidelidad.
Además, este tipo de investigaciones puede resultar útil en campos relacionados con la visualización científica, el análisis de imágenes o el estudio del funcionamiento del sistema visual humano.
Después de más de cien años, la ciencia continúa encontrando nuevas formas de explicar cómo interpretamos el mundo que nos rodea. Y pocas cosas forman parte de esa experiencia de manera tan constante como el simple hecho de ver los colores.

