Platón, filósofo: "Hay dos cosas por las que una persona nunca debería enfadarse: aquello que puede cambiar y aquello que no puede cambiar"

La idea atribuida a Platón plantea algo muy concreto sobre el enfado: en la mayoría de los casos, no aporta nada útil si no va acompañado de una decisión clara.
Hay dos tipos de situaciones que generan ira: las que pueden cambiarse y las que no. En el primer caso, la energía debería invertirse en el cambio, no en el enfado.
En el segundo, el enfado no altera nada, ya que este argumento, que parece de sentido común, tiene más de dos mil años y lleva la firma de uno de los pensadores más influyentes de la historia.
Platón, el contexto y la duda razonable
Según el filósofo Platón, toda situación que provoca enfado pertenece inevitablemente a una de dos categorías. O bien existe la posibilidad de intervenir y modificarla, o bien no existe esa posibilidad, por lo que no hay una tercera opción.
Si la situación admite solución, el enfado se convierte en un estorbo que consume tiempo, energía, pero sobre todo claridad mental que debería destinarse a resolver el problema.
La ira, en ese contexto, no es el motor del cambio; es el obstáculo. Si, por el contrario, la situación escapa a cualquier intervención posible, el enfado tampoco cumple ninguna función.
Significa que no modifica el resultado, no reduce el daño y solo añade sufrimiento a quien lo siente. El dilema es exhaustivo y no deja escapatoria, y en ninguno de los dos escenarios la ira resulta útil.
Y la frase del filósofo griego lo dice todo: "Hay dos cosas por las que una persona nunca debería enojarse: aquello que puede cambiar y aquello que no".
Platón nació en Atenas aproximadamente en el año 428 a. C. Fue discípulo directo de Sócrates y maestro de Aristóteles, lo que lo sitúa en el centro de la línea más influyente del pensamiento filosófico antiguo.
Fundó La Academia, la primera institución de educación superior del mundo occidental, donde se enseñaba matemática, dialéctica, astronomía y filosofía moral.
Control y aceptación
Lo más interesante del pensamiento griego sobre la ira no es el consenso, sino la discrepancia. Aristóteles, que fue discípulo directo de Platón, desarrolló una posición radicalmente distinta sobre esta emoción.
Para él, la ira no es por definición destructiva ni innecesaria, sino que existe una forma de ira que se dirige a la persona correcta, por el motivo correcto, en el momento oportuno y con la intensidad adecuada.
Bajo esas condiciones, la ira no solo es aceptable, sino moralmente apropiada. Un hombre que no se enfada ante la injusticia, razonaba Aristóteles, no es sereno: es indiferente, y la indiferencia ante el mal es un defecto del carácter.
Este desacuerdo entre maestro y discípulo revela que el debate sobre el papel de las emociones en la vida racional no es nuevo ni está resuelto. Tiene más de dos milenios y sigue siendo pertinente.
Que Platón lo enunciara hace más de dos mil años y que la neurociencia contemporánea siga estudiando los mecanismos que lo sustentan dice algo sobre la consistencia del razonamiento, no sobre su antigüedad.

