Una falla que no ha cambiado en décadas y que aprovechó uno de los mejores hackers: "No hay ningún parche para la estupidez humana"

Kevin Mitnick ciberseguridad
Kevin Mitnick ciberseguridadWikimedia/IA
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Kevin David Mitnick es uno de los hackers más conocidos de la historia y perfeccionó las técnicas de ingeniería social, el punto más débil en sus propias palabras.

Hombre de 31 años, delgado, con gafas de pasta y aspecto reservado. Así describían los servicios de inteligencia de Estados Unidos a Kevin David Mitnick, el hacker más buscado en los años 90.

De Mitnick, quizá el hacker más famoso de todos los tiempos, llegó a decir la fiscalía, con el beneplácito del FBI y el Departamento de Justicia, que era capaz de "iniciar una guerra nuclear únicamente silbando por el auricular de un teléfono público".

Y, aunque es una hipérbole desmesurada, este hacker se convirtió en una de las figuras más perseguidas a nivel global por saber cómo manejar perfectamente la psicología de los usuarios, quizá el mayor exponente de lo que se conoce como ingeniería social.

Lo que Mitnick demostró, a pesar de ser calificado como terrorista o un actor que formaba parte de un Estado agresor, fue que, aunque una compañía multimillonaria gaste muchísimo en el mejor software, la mente humana continúa siendo uno de los peores apartados de la seguridad de cualquier negocio.

Era, en definitiva, un hacker que sabía cómo hacer trucos de magia ante los ojos ingenuos de un ser humano, además de conocer perfectamente cómo piensa cualquier ser humano, el embrión del phishing y este tipo de manipulaciones en la actualidad.

"Puedes gastar millones de dólares en cortafuegos, sistemas de detección de intrusos y cifrado, pero si un atacante logra convencer a un empleado para que le dé su contraseña por teléfono, toda esa tecnología no sirve de nada", advirtió ya en su momento.

De pequeñas estafas a ser buscado por el FBI

Mitnick nació en Los Ángeles (Estados Unidos) en 1963 y su familia era bastante humilde. Sus padres estaban divorciados y fue criado por su madre, que tenía que encadenar largas jornadas de camarera para sacar adelante al pequeño hacker.

Éste se topó con el ilusionismo con tan solo 12 años de edad y esto fue lo que dio paso a su primera gran estafa; en aquella época, los autobuses de Los Ángeles contaban con una maquina que picaba el billete, así que Mitnick ideó una estrategia para que los viajes le salieran gratis.

Por un lado, convenció a su madre para que le comprara uno de los punzones oficiales que utiliza el autobusero para picar el billete; por otro, se dedicó a recoger billetes usados del suelo que se encontraba en las paradas.

Aprendió el patrón exacto y, de esta forma, pudo viajar gratis durante muchos años burlando el sistema; así, había nacido un hacker que se aprovechaba de las fugas del sistema para favorecerse.

Entrado ya en la adolescencia durante la década de los 70, Mitnick se adentró en una subcultura urbana bautizada como phone phreaking, un colectivo de jóvenes que aprovechaban las fallas de la compañía telefónica Pacific Bell.

Así, consiguió acceder a llamadas internacionales gratuitas, redirigir líneas o directamente escuchar conversaciones ajenas, una situación que le acercaría aún más al mundo de la informática.

Una vez que en los años 80 los ordenadores ya se mantenían conectados entre sí, Mitnick continuó perfeccionando sus técnicas y decidió infiltrarse en numerosas organizaciones, como universidades, grandes compañías tecnológicas y administraciones públicas.

Todo esto le llevó a darse de bruces contra la realidad y fue arrestado en 1988 por haber robado el código fuente del sistema operativo VMS de Digital Equipment Corporation (DEC), lo que le llevó a tener que pasar un año en la cárcel ante lo que las autoridades consideraron como una "adicción a los ordenadores".

En aquel entonces, la figura de Mitnick se asimilaba más a una persona con problemas de adicción que a un verdadero hacker, debido a que ni siquiera las autoridades sabían a lo que se enfrentaban, a pesar de que tras él llegaron muchos otros.

Tras salir de la cárcel, el FBI intentó arrestarlo de nuevo en 1992, pero Mitnick ya no se dejó atrapar y huyó; durante más de 2 años, el hacker actuó como un fugitivo, a pesar de que nunca había robado datos, pedido una recompensa económica ni nada parecido. Solo lo hacía por ego y reconocimiento.

Precisamente, esto le llevó a cometer uno de los errores más graves de su carrera, al intentar atacar la red privada de Tsutomu Shimomura, físico informático y experto en ciberseguridad. Shimomura se tomó esta intentona como algo personal y unió fuerzas con The New York Times y el FBI.

En 1995, Mitnick fue interceptado de madrugada por el FBI en su apartamento en Carolina del Norte. En definitiva, 2 años de fuga que no habían servido al hacker más buscado de la historia. Quizás el ego fue lo que le convirtió en una presa fácil...

Su reconversión hacia un hacker de sombrero blanco

Free Kevin
Free KevinMitnick Security

Mitnick pasó tras este suceso cinco años en prisión, pero las autoridades mantuvieron la prohibición del uso de tecnología –a excepción del teléfono fijo– hasta 2003, momento en el que el hacker decidió situarse en el otro lado, el lado defensivo de la ciberseguridad.

Con ello, se convirtió en lo que se conoce como un hacker ético, dando lugar a este tipo de espacio para esta modalidad; ahora bien, todo después de una campaña internacional por parte de hackers a nivel mundial que pedían directamente su libertad, bajo el lema "Free Kevin".

En 2002, aún con las restricciones impuestas para el uso de tecnología, publicó el libro líder en ventas El arte del engaño; y durante las conferencias y las rondas de presentaciones, popularizó la frase que se quedaría para los anales de la historia: "No hay ningún parche para la estupidez humana".

Lo que mostró Kevin al mundo es que no hace falta conocer sobre código muy complejo o gastar miles de euros en software especializado, sino que simplemente con la manipulación psicológica se podía conseguir este tipo de técnicas.

En un escenario en el que las empresas grandes gastaban miles de millones de dólares en herramientas muy complejas, pero que descuidaban la formación para que sus empleados no cayeran en este tipo de trampas.

Mitnick falleció en 2023 a sus 59 años de edad, tras una cruenta batalla contra un cáncer de páncreas, pero su recuerdo ha quedado para la historia, como el hacker que mejor supo utilizar la ingeniería social, en lugar de herramientas caras.

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