Científicos advierten de que el plan de instalar espejos satelitales puede destrozar el sueño en todo el planeta: "Les pedimos que lo piensen bien antes de seguir adelante con esto"

Satélites reflectores de luz solar
Satélites reflectores de luz solarGenerado con IA

Este proyecto, que tendría más de 50.000 satélites reflectantes en órbita, afectaría al sueño en los humanos, a los ecosistemas, a la astronomía y a procesos biológicos.

Reflect Orbital, una empresa estadounidense, ha solicitado autorización para desplegar una constelación de hasta 50.000 satélites reflectantes.  

Cada uno de ellos estaría equipado con espejos capaces de reflejar la luz del Sol hacia zonas concretas de la Tierra durante la noche, con el objetivo de generar iluminación sin recurrir a fuentes artificiales.

La compañía ya ha fijado una fecha tentativa para lanzar su primer satélite este mismo año, lo que indica que el proyecto no es solo una idea a largo plazo, sino una iniciativa que empieza a tomar forma.

Sin embargo, la reacción de la comunidad científica ha sido inmediata. De hecho, los presidentes de cuatro sociedades científicas de cronobiología, que agrupan a unos 2.500 investigadores en más de 30 países, han enviado cartas formales expresando su preocupación por las posibles consecuencias de este plan.

En esos avisos, los expertos advierten de que un sistema de este tipo podría alterar de forma profunda el ciclo natural de luz y oscuridad, con efectos directos sobre el sueño humano, los ecosistemas y la salud a escala global.

El plan: espejos en el espacio para que nunca sea de noche

La propuesta de Reflect Orbital parte de una idea que lleva décadas rondando la ingeniería espacial: si la energía solar es abundante y limpia, ¿por qué no usarla también cuando el sol no ilumina? 

Cabe señalar que la empresa, fundada por Ben Nowack y respaldada con 1.25 millones de dólares del programa de innovación de la Fuerza Aérea estadounidense, ha diseñado un sistema de satélites que desplegarían en órbita baja láminas de material reflectante de gran tamaño.

Todas ellas estarán coordinadas para actuar como un único espejo gigante y redirigir luz solar hacia áreas determinadas de la superficie terrestre.

El primer prototipo, EARENDIL-1, llevaría un espejo de 18 metros de lado y ya tiene una solicitud de lanzamiento presentada ante la Comisión Federal de Comunicaciones de EEUU, que es quien debe autorizar el proyecto. 

Si la FCC da luz verde, la empresa prevé tener unos 4.000 satélites operativos en torno a 2030. La visión a largo plazo llega hasta los 250.000 satélites, aunque el escenario más citado en la documentación oficial ronda los 50.000.

Cómo funcionaría y por qué preocupa

Es importante señalar que Reflect Orbital presenta el proyecto con varios argumentos de peso, donde el primero es energético.

Y es que sus satélites permitirían que granjas solares, instalaciones críticas y comunidades remotas siguieran recibiendo energía durante la noche sin necesidad de baterías ni combustibles fósiles. 

Eso, en teoría, reduciría las emisiones de CO asociadas al alumbrado artificial convencional. El segundo es agrícola, ya que algunos cultivos en regiones con inviernos de días cortos se beneficiarían de periodos de luz extendidos, lo que aumentaría los rendimientos sin necesidad de invernaderos. 

El tercero es humanitario, en el cual los satélites podrían iluminar zonas afectadas por desastres naturales cuando la infraestructura eléctrica está dañada, acelerando las operaciones de rescate.

Al final, la idea, en su formulación más optimista, suena razonable, pero el problema es lo que ocurre con el resto del planeta mientras esos haces de luz rebotan en el espacio.

La luz que nadie pidió y que llegaría a todos

Según los cálculos de expertos en contaminación lumínica, los haces reflejados por los satélites de Reflect Orbital serían hasta cuatro veces más brillantes que la luna llena y visibles a cientos de kilómetros del área objetivo. 

Eso significa que cuando el sistema ilumine una granja en Nebraska o una zona de rescate en Turquía, su luz también alcanzará ciudades, pueblos y ecosistemas que no han solicitado ese servicio y que no tienen ningún mecanismo para rechazarlo. 

A diferencia de una farola o un estadio de fútbol —cuya contaminación lumínica afecta a quienes viven cerca—, un espejo satelital no tiene fronteras administrativas ni interruptores locales. 

Los presidentes de las principales sociedades de cronobiología europea, estadounidense, japonesa y canadiense han enviado cartas formales a la FCC advirtiendo de que el proyecto provocaría una alteración significativa del entorno lumínico nocturno natural a escala planetaria. 

No son grupos de presión ni activistas, sino que son las instituciones científicas de referencia en el estudio de los ritmos biológicos. Su preocupación central apunta al mecanismo más fundamental de la regulación del sueño humano. 

Y es que el cuerpo produce melatonina —la hormona que desencadena el sueño— cuando el ojo percibe oscuridad. Esa producción empieza a suprimirse con niveles de iluminación tan bajos como 1 a 3 lux, una intensidad muy inferior a la que generaría un satélite reflectante operativo. 

Cuando la melatonina se ve suprimida de forma crónica, el ritmo circadiano —el reloj biológico interno que regula no solo el sueño, sino también el metabolismo, el sistema inmune y la respuesta hormonal— empieza a desincronizarse.

La literatura científica ya ha documentado con solidez que la exposición prolongada a luz artificial nocturna aumenta el riesgo de insomnio, obesidad, diabetes tipo 2, depresión y determinados tipos de cáncer. 

Lo que los cronobiólogos advierten es que esos efectos, ya conocidos y ya presentes en poblaciones urbanas, se trasladarían a escala global si el cielo nocturno deja de ser oscuro en áreas cada vez más amplias del planeta.

Los daños más allá del sueño humano

Cabe destacar que el impacto no se limitaría a las personas; decenas de miles de especies animales han evolucionado durante millones de años con un ciclo de luz y oscuridad predecible, y sus procesos más críticos —reproducción, migración, alimentación— dependen de él. 

Las aves migratorias utilizan las estrellas como sistema de navegación; una iluminación artificial intensa las desorientaría. Los insectos nocturnos, que incluyen a algunos de los polinizadores más importantes del planeta, cambiarían sus patrones de vuelo ante fuentes de luz artificial. 

Observatorios de última generación ya han documentado su preocupación ante el aumento de constelaciones de satélites brillantes como Starlink. 

El propio científico jefe de uno de los grandes observatorios de Estados Unidos, Vera C. Rubin, ha calificado la perspectiva de añadir miles de espejos reflectantes activos de potencialmente devastadora para la astronomía óptica terrestre. 

Si los objetos artificiales acaban superando en número a las estrellas visibles, la capacidad de detectar asteroides potencialmente peligrosos —entre otras tareas críticas— quedaría severamente limitada.

La FCC puede aprobar o rechazar la solicitud de Reflect Orbital dentro de su jurisdicción, pero eso no impide que otra empresa, en otro país, lleve adelante un proyecto equivalente sin necesidad de pedir permiso a nadie. 

Y es que no existe ningún tratado internacional que regule el impacto de los satélites sobre la luminosidad nocturna global. El espacio, en este sentido, sigue siendo un territorio sin reglas claras para los efectos que sus usos producen sobre la Tierra.

De hecho, los científicos no solo piden que este proyecto se detenga, quieren que se establezca un marco regulatorio antes de que la tecnología avance más rápido que la capacidad de la comunidad internacional para evaluarla. 

En su carta a la FCC lo formulan con una claridad que no deja mucho margen a la interpretación; les piden que lo piensen bien antes de seguir adelante con esto.

El proyecto nace, al menos en parte, de la urgencia climática, que es reducir emisiones, aprovechar la energía solar, así como disminuir la dependencia de los combustibles fósiles. 

Pero una intervención que altera el ciclo de luz y oscuridad de todo el planeta —sin posibilidad de revertirlo fácilmente— puede producir daños profundos y difíciles de reparar como los que pretende evitar.

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