Daniel Knowles, investigador, analiza el doble filo del CEO de Tesla: "Musk es un visionario y un lunático"

El autor del libro Carmageddon (Autocalipsis) reconoce que Elon Musk ha sido clave en el éxito de los coches eléctricos, aunque también ha estado detrás de decisiones polémicas.
Elon Musk es una de las figuras más polarizantes del mundo tecnológico. Dueño de empresas como Tesla, SpaceX o Neuralink, ha revolucionado sectores completos con una combinación de ambición, riesgo y una comunicación que rara vez pasa desapercibida.
Para muchos, es el gran motor de la innovación del siglo XXI; para otros, un millonario excéntrico con demasiado poder y escasa contención. Daniel Knowles, periodista británico y corresponsal de The Economist en Estados Unidos, aporta una visión matizada en su libro Carmageddon, en el que, sin rodeos, describe a Musk como "un visionario y un lunático".
Knowles plantea que el magnate ha revolucionado la industria del automóvil y el tecnológico, pero también ha contribuido a consolidar un modelo social centrado en el coche privado, con todos los problemas que ello implica.
Cabe señalar que el periodista ha pasado parte de su carrera como corresponsal internacional en lugares donde el coche no es solo un medio de transporte, sino una barrera cotidiana: Bombay, Nairobi y, actualmente, Chicago.
Desde su experiencia personal ha construido un enfoque singular sobre la movilidad, la vida urbana y el papel que desempeñan las infraestructuras en nuestra calidad de vida. En Carmageddon, su objetivo no es atacar a Musk, sino contextualizar su figura dentro de la automoción como símbolo de libertad, estatus y progreso.
Tesla, argumenta, no es solo una empresa de coches eléctricos: es el catalizador más poderoso de un modelo de movilidad profundamente individualista. En ese marco, Elon Musk emerge como una figura contradictoria: disruptiva, sí, pero también responsable de prolongar la dependencia del coche como eje del diseño.
Musk convirtió el coche eléctrico en objeto de deseo
Durante años, la industria del automóvil parecía estancada, donde pocas marcas apostaban por cambios de fondo, y los coches eléctricos eran vistos como una curiosidad más que como una alternativa real. Elon Musk cambió ese guion. Supo combinar tecnología, marketing y diseño para hacer de Tesla algo más que un vehículo.
Knowles reconoce ese mérito. Musk entendió antes que nadie la importancia del software en el diseño del coche moderno, convirtió la autonomía eléctrica en una obsesión colectiva y empujó a gigantes como Volkswagen o Toyota a acelerar sus planes hacia lo eléctrico. No se trató solo de innovar, sino de marcar el ritmo de una transición que, hasta entonces, avanzaba con lentitud.
Pero esa misma visión también tiene su cara menos racional. El periodista denuncia cómo, con el tiempo, el CEO de SpaceX ha alimentado una narrativa casi mesiánica, con promesas que van desde los coches voladores hasta colonias humanas en Marte.
Bajo esa visión, advierte el autor de Autocalipsis, Elon representa un modelo que sigue privilegiando el coche privado como eje del progreso, en lugar de promover alternativas más sostenibles como el transporte público o las ciudades caminables.

Incluso cuando se habla de sostenibilidad, su propuesta sigue anclada a la propiedad individual, con vehículos de gran tamaño y precios inaccesibles para una gran parte de la población. El análisis de Daniel Knowles no se detiene en la figura de Elon Musk.
Lo usa como ejemplo de un sistema que premia la audacia sin límites, incluso cuando esta roza lo temerario. Su preocupación no es solo tecnológica, sino política y social. Cuando la innovación se convierte en relato personal, explica, se pierde de vista lo colectivo: la desigualdad urbana, el acceso a la movilidad o la calidad del espacio público.
También señala las contradicciones que emergen en torno al magnate: mientras se presenta como líder del coche eléctrico, no duda en acercarse a líderes políticos y alinearse con políticas arancelarias que complican el acceso a modelos más asequibles. Ese doble juego entre el discurso del futuro y las alianzas del presente, alerta, debería encender más de una señal de alarma.
En su análisis, Knowles ofrece una visión equilibrada. Ni demoniza a Musk ni lo convierte en un icono irrefutable. Lo que plantea es la necesidad de mirar más allá del personaje y preguntarse qué tipo de transformación queremos. Si el coche eléctrico se convierte en una versión más silenciosa del mismo problema, no se habrá ganado demasiado.
El retrato que hace invita a reflexionar. Más allá de los logros técnicos, el futuro de la movilidad —y de la tecnología en general— dependerá de cómo se integren estos avances en un modelo social más justo, menos dependiente del consumo privado y con mayor atención al espacio público. Y en ese escenario, la figura de Elon puede ser tanto una inspiración como una advertencia.

