Antonio Damasio, neurocientífico y premio Príncipe de Asturias: "El principal peligro de la IA es que roba la atención a las personas que nos rodean"

El neurocientífico portugués afirma que la inteligencia artificial se ha convertido en una amenaza para la felicidad porque roban lo más importante: atención y reconocimiento.
Antonio Damasio, una de las figuras más relevantes de la neurociencia moderna y Premio Príncipe de Asturias, ha lanzado una advertencia clara sobre el impacto de la tecnología en el comportamiento humano.
En una entrevista concedida a la Agencia EFE con motivo de la publicación de su nueva obra, Inteligencia Natural y la Lógica de la Consciencia, el experto portugués señala que el mayor peligro de la inteligencia artificial no reside en una hipotética rebelión de las máquinas, sino en un efecto colateral mucho más tangible.
Se trata, según él, del secuestro sistemático de la atención humana, un recurso finito que resulta indispensable para la empatía y, en última instancia, para la felicidad de los seres humanos.
Damasio, que dirige el Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California, en Estados Unidos, sostiene que la tecnología actual, especialmente los dispositivos móviles y los algoritmos predictivos, actúa como una barrera biológica.
Al consumir tu atención de manera voraz, te desconecta de la realidad física y de las personas que te rodean, rompiendo los mecanismos naturales que el cerebro ha desarrollado durante milenios para garantizar el bienestar social.
El secuestro de la atención y la crisis de empatía
Para Damasio, ser feliz depende intrínsecamente del reconocimiento del otro. Necesitas mirar a tus semejantes, sentir curiosidad por ellos y empatizar con su realidad. Sin embargo, los móviles han alterado radicalmente esta dinámica.
El neurólogo describe como "terrible" la imagen habitual en espacios públicos donde las personas, especialmente los más jóvenes, parecen estar totalmente poseídos por sus pantallas. Caminan, comen y coexisten sin mirarse, eliminando el contacto visual y la comunicación no verbal.
Al dejar de prestar atención a la realidad circundante para volcarla en una interfaz digital, se interrumpe el flujo de empatía. Si no hay atención, no hay comprensión del otro; y sin esa conexión humana básica, la estructura de la felicidad se desmorona.
Inteligencia sin vida: por qué la IA nunca tendrá consciencia
En medio del debate sobre si la IA alcanzará la singularidad y, por ende, conciencia, Damasio aporta una visión basada en la biología evolutiva que desmonta muchos mitos de la ciencia ficción.
La postura del científico es clara, y es que es altamente improbable que una máquina llegue a ser consciente como un ser humano, sencillamente porque carece de vulnerabilidad. Aquí entra en juego el concepto clave de homeostasis.
Se trata del conjunto de reglas automáticas que la naturaleza ha desarrollado para proteger la vida: el hambre, la sed, el frío, el dolor o el miedo a la muerte son avisos homeostáticos.
El ser humano tiene consciencia porque tiene un cuerpo que proteger y mantener en equilibrio. Una IA, por muy avanzado que sea su procesamiento de datos, no tiene cuerpo, por ende, no puede sentir hambre, no teme ser apagada y no sufre dolor.
Según explica el científico en la entrevista, sin estos "sentimientos homeostáticos" básicos —que actúan como guías de lo que está bien o mal para la supervivencia—, es imposible que un chatbot pueda generar una consciencia real.
La IA puede simular emociones, copiar patrones de lenguaje y ejecutar tareas complejas, pero es una inteligencia funcional, vacía de contenido vital. Puede imitar la vida, pero no experimentarla, porque carece del imperativo biológico de sobrevivir.
Revolución neurocientífica: sentimos, luego existimos
Para profundizar en este análisis, es necesario entender la distinción técnica que Damasio establece entre emoción y sentimiento, dos términos que en el lenguaje coloquial se usan indistintamente, pero que responden a procesos neurológicos diferentes.
La emoción es pública y externa. Es el teatro que el cuerpo representa hacia los demás (una cara de sorpresa, el rubor de la vergüenza, la tensión de la ira). El sentimiento es privado e interno, la experiencia mental de esa emoción, algo que solo tú conoces.
Cabe señalar que la investigación del experto ha dado un vuelco a la concepción clásica de la mente. Tradicionalmente, se pensaba que primero somos conscientes y, como consecuencia, tenemos sentimientos.
El neurólogo defiende justo lo contrario: el hecho de sentir es lo que nos hace conscientes. La consciencia es, en esencia, el mecanismo que conecta la mente con el cuerpo.
Es el sentimiento de estar vivo lo que genera la consciencia de existir. Por tanto, delegar cada vez más aspectos de nuestra vida en algoritmos que no sienten supone un riesgo estructural, ya que estamos entregando el control a entidades que carecen de la base fundamental de la experiencia humana.
La trayectoria de Damasio es relevante para entender el peso de sus palabras. Su obra seminal de 1994, El Error de Descartes, ya revolucionó la neurociencia al demostrar que la emoción y la razón no son fuerzas opuestas, sino aliadas.
A través del estudio de pacientes con daños cerebrales, comprobó que las personas incapaces de procesar emociones también eran incapaces de tomar decisiones racionales acertadas, y sus vidas se desmoronaban.
Hoy, cuatro décadas después, su mensaje ha evolucionado para alertar sobre un nuevo tipo de daño cerebral, esta vez no físico, sino cultural y tecnológico. La IA y la omnipresencia del móvil amenazan con atrofiar esa capacidad emocional que es indispensable para la razón y la convivencia.
La conclusión del experto es una llamada a la acción, donde no se trata de rechazar el progreso tecnológico, sino de entender sus límites. La tecnología debe ser una herramienta, no un sustituto de la interacción humana.
Es por esta razón que recuperar la atención, levantar la vista de la pantalla y volver a mirar a las personas que nos rodean es el único camino avalado por la neurociencia para recuperar el equilibrio y, con él, la felicidad.

