Steve Jobs odiaba esta profesión, y no dudó en decírselo a la cara: "Deberían hacer algo"

El cofundador de Apple consideraba que este campo profesional impedía vivir el proceso completo de creación y ejecución de ideas, lo que limitaba el aprendizaje real.
Steve Jobs no era una persona de opiniones moderadas, al contrario, el cofundador de Apple, conocido por su estilo directo, su obsesión por lo perfecto y su inconformismo radical, no se guardaba lo que pensaba. Y una de las profesiones que más despreciaba era, curiosamente, una de las más valoradas en el mundo empresarial: la consultoría.
Jobs no solo no creía en ella, sino que llegó a decir públicamente que ser consultor era una manera de evitar los errores que te hacen crecer. Lo dejó claro en una charla que ofreció en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en la primavera de 1992, ante la atenta mirada de varios consultores presentes en la sala.
Cabe señalar que, para él, las personas que tenían esta profesión eran observadores externos, incapaces de aportar un valor real porque nunca asumían el coste de sus decisiones. Lo que les faltaba, según su opinión, era compromiso real, responsabilidad a largo plazo y la experiencia directa de enfrentarse a las consecuencias de sus ideas.
La crítica más frontal de Jobs: "Los consultores no aprenden porque no se arriesgan"
Un consultor es, esencialmente, un asesor externo. Alguien que aporta su conocimiento y experiencia para ayudar a una empresa a resolver problemas, optimizar procesos o tomar decisiones estratégicas. Podría decirse que muchas compañías, incluida la propia Apple, habrían podido beneficiarse de su experiencia técnica o empresarial para mejorar áreas clave de su negocio.
Sin embargo, Steve Jobs tenía una visión completamente distinta. Él creía que la verdadera innovación solo era posible cuando estabas dentro del problema, no observándolo desde fuera. Lo explicó con claridad en su intervención en el MIT:
"Sin poseer algo durante años y asumir la responsabilidad de tus decisiones a lo largo de todo el proceso —incluidos los errores—, solo aprendes una fracción de lo que podrías. Si solo entras, haces recomendaciones y no te haces cargo de los resultados, el aprendizaje es limitado".
Jobs fue tajante: recomendó a los consultores que "hicieran algo". Es decir, que se mojaran. Que se comprometieran con un proyecto de verdad, asumieran los riesgos, vivieran los fracasos y recogieran las lecciones. Solo así —decía— se aprende de verdad.
Esta crítica, que hace décadas podía sonar exagerada, conecta curiosamente con la forma en la que muchos jóvenes profesionales ven hoy el mundo laboral. Para las generaciones más jóvenes, como los Gen Z, la búsqueda de un trabajo con propósito, impacto real y responsabilidad es más importante que nunca.
En ese sentido, la filosofía de Jobs encaja con el cambio de mentalidad actual: preferir ser protagonistas que simples asesores externos, por lo que no solo hablaba desde la teoría. Abandonó la universidad para fundar Apple en 1976, fue expulsado de su propia empresa, creó NeXT y regresó años más tarde para transformar Apple en la empresa más valiosa del mundo.
Lo hizo sin consultores y sin seguir las reglas tradicionales, es por esta razón que su apuesta siempre fue la misma: arriesgarse, equivocarse y volver a empezar. Quizás por eso su mensaje para los consultores fue tan directo como inolvidable: "Deberían hacer algo".
La pregunta con la que Steve Jobs retaba a Jony Ive cada día

Si hubieras trabajado en Apple durante la etapa de Steve Jobs, es probable que te hubiese lanzado una pregunta que, a primera vista, parecería irrelevante: ¿Cuántas veces dijiste que no hoy? No era una ocurrencia al azar ni una simple curiosidad. Para él, esta era una forma de evaluar si realmente estabas enfocado en lo esencial o si te estabas dejando arrastrar por tareas innecesarias.
Jobs creía que la productividad no se medía por la cantidad de cosas que haces, sino por la claridad con la que decides qué no hacer. Para mantener el nivel de excelencia que exigía Apple, era clave evitar distracciones, rechazar proyectos irrelevantes y conservar la energía en lo verdaderamente importante. Decir "no" no era un signo de pasividad, sino una muestra de criterio.
Lo curioso de esta pregunta es que no se centraba en resultados ni en métricas, sino en una actitud diaria: la capacidad de priorizar. Para muchos, resultaba extraña porque iba contra la lógica habitual del mundo empresarial, donde decir sí suele interpretarse como compromiso. Para Jobs, en cambio, decir no era una señal de enfoque y visión a largo plazo.
