Por qué casi todos los superordenadores usan Linux y no Windows

Los ordenadores más potentes del mundo apuestan por Linux por varios motivos, una industria en la que incluso Microsoft utiliza su kernel para los de su propiedad.
Windows es el sistema operativo imbatible en el entorno de escritorio, con aproximadamente un 70% de cuota de mercado, muy lejos del habitual 5% que supone macOS (Apple) o del actual casi 4% de Linux.
Pero lejos del entorno de escritorio, el que básicamente utilizan todos los usuarios de a pie, en servidores y superordenadores la historia es radicalmente diferente, según se puede ver en el TOP500 de las máquinas más potentes del mundo.
En esta industria, Windows tiene una presencia simbólica y varias distros de Linux son las que dominan sin rival este tipo de computación, la que requiere de mayor potencia y mayor capacidad de personalización, algo en lo que el sistema de Microsoft puede flaquear.
En la actualidad, la máquina más potente del mercado pertenece al Centro Nacional de Supercomputación de Shenzen, en China, con una potencia de uno de 42.220 kilowatios y más de 13 millones de núcleos, una absoluta bestia de la ingeniería informática.
Precisamente, este cuenta con el sistema operativo Kylin OS, que en sus versiones más recientes está basado en Linux –en las anteriores, solía estar basada en UNIX FreeBSD–.
Y, aunque Microsoft domine casi en solitario el entorno de ordenadores de sobremesa y portátiles, hay varias razones por lo que las organizaciones detrás de los superordenadores más potentes del mundo apuestan siempre por Linux.
Por qué incluso Microsoft usa Linux para su superordenador
En esta lista de máquinas especializadas en supercomputación, en el puesto número 7 del ranking aparece Eagle, en el centro de computación de Microsoft Azure ubicado en Estados Unidos.
Como curiosidad, su suite está alojada en la nube de Azure, aunque en todo lo que tiene que ver con las tareas relacionadas con la inteligencia artificial, sus ingenieros han tenido que desplegar nodos basados en Linux –concretamente Ubuntu 22.04–, para manejar de forma eficiente toda la potencia.
Esto tiene una sencilla explicación: Windows es un sistema propietario y llega con funcionalidades que no son aptas para este tipo de computación; por el contrario, los ingenieros y desarrolladores de Microsoft pueden extraer lo necesario del kernel o núcleo de Linux, eliminando herramientas que podrían hacer más pesado el sistema.

A cambio, el equipo de trabajadores humanos pueden aligerar el sistema hasta el mínimo posible, para que el hardware del superordenador esté optimizado prácticamente al 100%.
Aquí entran en juego también los procesos en segundo plano, algo que Windows mantiene casi constantemente, mientras que Linux no llega con ellos por defecto, independientemente de la distribución elegida –CentOS, Red Hat, etc.–.
A este nivel macro, hay que tener en cuenta que si un sistema operativo pierde tan solo un 1% en tareas irrelevantes, puede llegar a perder trillones de operaciones por segundo, con lo cual la máquina perdería su capacidad de procesamiento.
Hay que tener en cuenta que también Microsoft apuesta por las licencias por volumen, algo que también ocurre para los servidores alrededor del mundo, por lo que intentar licenciar un superordenador sería un gasto millonario que no muchas organizaciones están dispuestas a asumir.
Por esto mismo, es habitual que se encuentre distros de Linux usadas bajo licencia, como pueden ser Rocky Linux, Red Hat Enterprise o AlmaLinux, que ofrecen contratos de soporte técnico que no suponen ni siquiera una milésima parte de lo que supondría apostar por Windows en esta industria.
Windows Server, una opción a la defensiva en el mercado
En el campo de los servidores, Windows tampoco es el favorito y Linux le ha comido todo el mercado, por lo que Windows Server se ha quedado rezagado debido a un mayor consumo de RAM, un aspecto que las organizaciones no pueden desaprovechar a día de hoy.
Cualquier servidor con Linux en su corazón cuenta con una gestión hasta 3 veces más eficiente que el análogo de Microsoft; en un escenario en el que la computación en la nube es esencial en todos los sentidos, es perfectamente entendible que los desarrolladores opten por una distro de Linux más personalizable.
Sea como sea, Windows Server aún mantiene un porcentaje de la industria de supercomputación y de la nube, gracias a varias características que siguen haciendo de este un aspecto rentable todavía para Microsoft.
Por ejemplo, gracias al conocido como directorio activo, una herramienta de este que permite que todos los ordenadores de una empresa –con Windows 11– puedan gestionarse directamente desde un mismo servidor de forma mucho más sencilla.
Además, hay que tener en cuenta que muchas organizaciones pequeñas y medianas no pueden hacer frente al coste de adaptar y migrar todo a Linux, por lo que prefieren directamente heredar el sistema anterior.
En este mismo sentido, muchas compañías no cuentan con un equipo avanzado de desarrolladores, y aquí Windows Server presenta mayor facilidad de configuración que la terminal de comandos de Linux, gracias a su interfaz gráfica.
En cualquier caso, más del 80% de servidores web usan variantes de Unix/Linux –mayormente basadas en Ubuntu o Debian–; más aún, las principales plataformas de almacenamiento en la nube, como Amazon Web Services, Google Cloud y Microsoft Azure, presentan más de un 90% de la infraestructura bajo sistema basados en Linux.
En el caso concreto de Google, con un 91,6% de todas las máquinas virtuales corriendo en Linux, con lo cual incluso las grandes tecnológicas aprovechan todas las bondades de su kernel para ofrecer servicios de calidad.
Como has podido apreciar, Linux es la apuesta clara si se quieren conseguir superordenadores lo más potente posibles, mientras que Windows ofrece mayor comodidad a quienes no cuenten con equipo especializados.
La filosofía detrás de Linux es la misma que tenía UNIX: ofrecer herramientas modulares que se centran en una tarea, eliminando así la intervención humana constante. Si se configura todo bien desde el principio, el coste de mantenimiento posterior se reduce notablemente.
En potencia y eficiencia en la gestión, en conclusión, Linux es imbatible y continúa demostrando que está preparado para las nuevas máquinas más potentes del mundo.
