Las empresas de IA prometen trabajar menos, pero los empleados llegan a hacer 90 horas semanales: "Un ritmo más rápido, un abanico más amplio de tareas y una jornada laboral de más horas"

Elígenos como tu fuente preferida en Google.
La IA permite completar tareas en menos tiempo, pero en algunas compañías tecnológicas ese ahorro se convierte en más objetivos, mayor presión y jornadas mucho más largas.
Durante años, compañías como OpenAI y Anthropic han presentado la inteligencia artificial como una herramienta capaz de cambiar nuestra relación con el trabajo y reducir la jornada.
Y es que la IA puede redactar documentos, resumir información, analizar datos, escribir código, automatizar tareas repetitivas o generar contenido en mucho menos tiempo que una persona.
En ese sentido, la promesa de ganar tiempo no es necesariamente falsa, ya que una tarea que antes podía ocupar varias horas puede resolverse ahora en minutos, y un trabajador puede apoyarse en varios sistemas de IA para hacer parte de su trabajo con más rapidez.
El problema aparece cuando ese tiempo que se libera no se convierte en descanso, sobre todo porque algunas empresas que están desarrollando o utilizando intensivamente estas tecnologías está ocurriendo justo lo contrario.
Trabajadores del sector tecnológico describen jornadas que pueden alcanzar 70, 80 e incluso 90 horas semanales, mientras aumentan también el número de tareas, la velocidad y las expectativas sobre lo que cada empleado debe ser capaz de sacar adelante.
La productividad no siempre acaba en más tiempo libre

Si una persona necesitaba cuatro horas para completar una tarea y una herramienta de IA permite hacerla en una sola, quedan tres horas disponibles.
En este sentido, las empresas pueden utilizar ese margen para reducir la jornada, permitir que el empleado termine antes o simplemente asignarle otras tareas.
Pero en determinados entornos se está imponiendo esta última posibilidad, donde la capacidad de producir más rápido no reduce necesariamente la cantidad de trabajo, sino que puede elevar el volumen que se espera de cada trabajador.
Si antes un equipo podía desarrollar diez funcionalidades en un determinado periodo, ahora puede recibir el objetivo de desarrollar muchas más porque dispone de herramientas capaces de acelerar buena parte del proceso.
Esto afecta a las compañías que compiten en el desarrollo de inteligencia artificial, donde la carrera por lanzar modelos, productos y nuevas funciones antes que los rivales genera una presión adicional.
El problema de las jornadas de 90 horas

Las jornadas de hasta 90 horas semanales no representan la situación de todos los trabajadores de la industria ni significan que todas las empresas de IA exijan ese horario.
Son casos extremos que aparecen en determinados equipos y compañías, pero sirven para mostrar hasta dónde puede llegar esta lógica. Además, el fenómeno tampoco es completamente nuevo.
Silicon Valley lleva décadas asociando determinadas etapas de crecimiento empresarial con jornadas intensas, especialmente en startups sometidas a una fuerte presión por crecer.
La diferencia ahora es que las herramientas que supuestamente deberían reducir esa carga también pueden utilizarse para aumentar la capacidad de producción. Y es que la IA permite escribir más código, analizar más información, preparar más documentos o desarrollar más productos en el mismo periodo.
Pero si la empresa interpreta esa capacidad como una oportunidad para ampliar los objetivos, el trabajador puede terminar realizando más tareas, aunque cada una le lleve menos tiempo.
La pregunta es quién se queda con el tiempo que ahorra la IA
La automatización no determina por sí misma qué ocurre con las horas que consigue liberar. Ese tiempo puede convertirse en descanso, en una jornada laboral más corta, en mayor producción, en mejores salarios o en nuevas obligaciones.
Por eso, que la IA aumente la productividad no significa automáticamente que vaya a mejorar las condiciones laborales. La tecnología puede hacer posible trabajar menos, pero son las empresas y sus decisiones organizativas las que determinan si ese beneficio termina en manos del trabajador.
La paradoja de la industria de la IA está precisamente ahí, donde las mismas herramientas que permiten hacer en minutos lo que antes llevaba horas pueden utilizarse para elevar todavía más el ritmo de trabajo.
Si la productividad sirve únicamente para fijar objetivos más altos, la promesa de trabajar menos quedará reducida a una posibilidad tecnológica que nunca llega a convertirse en una realidad laboral, y donde los trabajadores son los más afectados por este cambio.
