Franz Kafka, escritor: "La vida es infinitamente más extraña que cualquier cosa que la mente humana pueda inventar"

Escritor Franz Kafka
Escritor Franz KafkaMontaje

Desde la mirada de Franz Kafka, la vida es más extraña que cualquier cosa imaginable; hoy, esa sensación de absurdo constante define nuestra experiencia en el siglo XXI.

Por mucho que la imaginación humana sea capaz de construir, la vida funciona desde un territorio que ninguna ficción llega a cubrir del todo. Y el propio Kafka, sin proponérselo, dio el ejemplo más claro.

Hay momentos en que la realidad acumula tantos giros imprevistos que resulta difícil no preguntarse si alguien los está escribiendo. Una tecnología que transforma en meses lo que se suponía que tardaría décadas. 

O un acontecimiento que nadie había incluido en ningún escenario posible y que, sin embargo, ocurre. Una vida que toma un rumbo que ningún plan contemplaba. 

No es una sensación nueva, pero sí una especialmente intensa en este momento. De hecho, Franz Kafka la formuló con precisión hace más de un siglo, y la frase no ha perdido un gramo de exactitud.

¿Quién fue Kafka?

Franz Kafka nació en Praga en 1883 en el seno de una familia judía de clase media. Trabajó durante años como funcionario de una compañía de seguros, llevó una vida discreta y publicó en vida muy poco. 

Murió de tuberculosis en 1924, a los 40 años, habiendo dejado instrucciones claras a su amigo y albacea Max Brod: que destruyera todos sus manuscritos sin leerlos.

Brod no lo hizo, y gracias a esa desobediencia, el mundo conoció El proceso, El castillo y la mayor parte de una obra que convirtió a Kafka en uno de los escritores más influyentes del siglo XX. 

Su nombre acabó dando lugar a un adjetivo —kafkiano— para describir situaciones absurdas gobernadas por lógicas incomprensibles que atrapan al individuo sin que este pueda hacer nada para escapar. 

Una asimetría entre la mente humana y la realidad

Cuando alguien construye una historia, una previsión o un plan, lo hace combinando experiencias previas, extrapolando patrones, proyectando desde lo que ya ha ocurrido o desde lo que parece razonablemente posible. 

Cabe mencionar que la ficción más audaz, la ciencia ficción más especulativa, el escenario más extremo que alguien pueda diseñar parte de ese inventario: lo que la mente ya contiene.

La realidad, en cambio, no está limitada a ese inventario. Opera también desde lo inédito, desde la combinación de factores que nadie había considerado simultáneamente y desde la contingencia que no estaba en ningún cálculo. 

Por eso la vida puede ser más extraña que cualquier historia construida sobre ella, porque la historia parte de lo posible imaginado, y la vida parte también de lo posible todavía no imaginado. 

Ese margen —entre lo que la mente puede concebir y lo que la realidad puede producir— es lo que Kafka señala. Y ese margen no tiene límite conocido.

La inteligencia artificial, tal como se está desarrollando, no se parece a ninguna de las versiones que la ciencia ficción había proyectado durante décadas. 

No es el robot amenazante de las películas, ni el asistente torpe de los primeros chatbots. Es algo diferente a todo lo que se había imaginado, con consecuencias que tampoco se están desarrollando según ninguno de los guiones previstos. La realidad, una vez más, fue por delante.

Lo mismo ocurre con cada generación que atraviesa un acontecimiento que "nadie podía haber anticipado" y que, sin embargo, tiene precedentes históricos claros. 

La lucidez como única respuesta razonable

Es importante mencionar que aceptar que la realidad siempre llevará algo de ventaja a cualquier previsión no es resignación, es precisamente lo contrario.

Quien entiende que el control total es una ilusión bien construida deja de invertir energía en mantenerla y gana en cambio una capacidad de adaptación que el que sigue aferrado al guion no tiene.

Franz Kafka no ofrecía consuelo fácil; su obra es todo lo contrario a la autoayuda. Pero la frase que se le atribuye contiene, paradójicamente, una de las formas más útiles de relacionarse con lo imprevisto.

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