Pablo Martínez-Lage Álvarez, neurólogo: "El fallo de memoria preocupante es el rutinario, el que se hace cotidiano"

Persona con demencia
Persona con demenciaImagen generada con IA

Olvidar dónde dejamos las llaves o el nombre de un familiar no es una advertencia. Lo que sí debería ser una señal de alerta es cuando ese olvido se vuelve cada vez mas frecuente.

No todos los fallos en la memoria u olvidos tienen el mismo significado, y esa diferencia es clave para no generar alarma innecesaria ni pasar por alto señales importantes.  

El neurólogo Pablo Martínez-Lage Álvarez, de la Fundación CITA Alzheimer, lo explicó con claridad en el programa Boulevard de Radio Euskadi. 

En dicho espacio, el experto declaró que el problema no es olvidar algo de forma puntual, como las llaves o un nombre, sino cuando ese fallo se repite hasta convertirse en parte de la rutina.

¿Qué tipo de olvido debe encender la señal de alerta?

En la práctica clínica, distinguir entre un despiste normal y un posible deterioro cognitivo no depende de un episodio aislado, sino que lo determinante es la frecuencia. 

Por ejemplo, un olvido ocasional entra dentro de lo esperable, incluso en personas jóvenes y sanas, sobre todo porque forma parte del funcionamiento habitual de la memoria.

Pero la señal de alerta aparece cuando ese tipo de fallos se repite con regularidad y deja de ser excepcional. En ese punto ya no se trata de un descuido, sino de un patrón que empieza a consolidarse y que puede indicar que algo no funciona como debería.

Cabe señalar que el cambio no siempre es evidente para la persona que lo sufre, ya que muchas veces es el entorno quien lo detecta antes, y es en ese instante cuando se debe actuar. 

Repetir la misma pregunta en poco tiempo, olvidar conversaciones recientes o perder el hilo de tareas habituales son situaciones que, de forma aislada, no tienen mayor relevancia.

El problema surge cuando dejan de ser casos puntuales y pasan a formar parte del día a día. Esa repetición constante es la que convierte un fallo de memoria en algo clínicamente relevante.

Familiares y personas cercanas suelen desempeñar un papel clave, porque son quienes pueden comparar comportamientos en el tiempo y detectar cambios que el propio afectado no percibe o minimiza.

Ese seguimiento informal es, en muchos casos, el primer paso para acudir a un profesional. No se trata de vigilar cada olvido, sino de identificar si existe una tendencia que se mantiene y se repite.

La relación con enfermedades como el Alzheimer

El deterioro cognitivo asociado a enfermedades como el Alzheimer suele comenzar de forma progresiva y con síntomas sutiles. Por eso resulta fácil pasarlo por alto en fases iniciales.

Detectar esos cambios a tiempo no implica un diagnóstico automático, pero sí permite una evaluación más precisa y un mejor abordaje. Cuanto antes se identifica un patrón anómalo, más margen hay para intervenir y planificar.

Uno de los problemas más frecuentes es la confusión, donde algunas personas se alarman ante olvidos normales, mientras que otras restan importancia a señales repetidas que sí deberían revisarse.

El criterio que aporta Martínez-Lage ayuda a equilibrar esa percepción. Y es que no se trata de analizar cada fallo, sino de observar si existe una repetición que lo convierta en algo habitual.

La memoria no falla de forma significativa por un olvido puntual, sino cuando ese fallo en la memoria se repite hasta integrarse en el día a día, y es ahí donde conviene prestar atención.

Entender esta diferencia permite evitar tanto la preocupación innecesaria como la falta de reacción ante señales relevantes, algo importante en un contexto de envejecimiento progresivo de la población.

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