Lenny Rachitsky, experto en tecnología: "La IA elevó el nivel de exigencia, y la recompensa fue... más trabajo por el mismo salario"

La IA no solo acelera el trabajo: también aumenta la presión, dispara el agotamiento y obliga a muchos empleados a trabajar más sin cobrar mejor por un mayor esfuerzo.
La inteligencia artificial llegó a las empresas con la promesa de reducir tareas pesadas y repetitivas, ahorrar tiempo, pero sobre todo, permitir que las personas se concentren en decisiones más importantes.
Sin embargo, en muchas compañías ese tiempo liberado no está mejorando las condiciones laborales. De hecho, se ha convertido en más encargos, entregas más rápidas y objetivos cada vez más altos.
Lenny Rachitsky, experto en tecnología, declaró en X que la IA había elevado el nivel de exigencia y que la recompensa para muchos empleados había sido asumir más trabajo por el mismo salario.
Su reflexión parte de una encuesta sobre cómo viven los profesionales la llegada de estas herramientas, y al final se descubrió que la productividad adicional no siempre beneficia a quien la genera.
Cuando una persona completa en dos horas una tarea que antes ocupaba toda la mañana, la empresa puede aprovechar ese ahorro para mejorar el resultado o reducir su carga. Pero también puede añadir nuevas tareas hasta volver a llenar toda la jornada.
El temor no es perder el empleo, sino conservarlo en peores condiciones
Cabe mencionar que el miedo más extendido entre los trabajadores no es que una herramienta de IA sustituya inmediatamente su puesto. La preocupación principal es seguir trabajando, pero bajo unas expectativas mucho más difíciles de mantener.
La IA permite redactar documentos, analizar información, generar código o preparar prototipos en menos tiempo, pero el problema aparece cuando esa velocidad deja de ser una ventaja y pasa a considerarse el rendimiento mínimo esperado.
Lo que ayer parecía excepcional se convierte rápidamente en una obligación, sin que aumenten el salario, el equipo disponible o las horas de descanso.
Esto no significa necesariamente trabajar más horas, ya que también puede suponer concentrar muchas más tareas dentro de la misma jornada, cambiar constantemente de proyecto y tomar más decisiones sin apenas pausas.
Producir más no significa trabajar mejor
La gran mayoría de los encuestados por Lenny Rachitsky considera que la IA mejora su rendimiento. Sin embargo, esa mejora suele medirse por la cantidad y la velocidad, no por la calidad final.
Y es que cuando la prioridad es entregar cuanto antes el trabajo, existe el riesgo de aceptar la primera respuesta de la IA sin aplicar suficiente criterio propio. A largo plazo, esta dependencia puede debilitar habilidades esenciales.
Un grupo de trabajadores siente que la IA los hace más productivos, autónomos y preparados para el futuro, pero la otra parte de personas percibe que su profesión está perdiendo valor o cambiando demasiado rápido.
Aun así, muchas personas siguen disfrutando de su trabajo. Por ello, es posible sentirse entusiasmado por las posibilidades de la tecnología y, al mismo tiempo, estar exhausto por el ritmo que impone.
La verdadera disputa está en quién aprovecha el tiempo ahorrado

Es importante mencionar que la inteligencia artificial no obliga por sí sola a trabajar más a las personas. Son las empresas las que deciden cómo utilizar la productividad que generan.
Si el tiempo ahorrado permite mejorar la calidad, aprender o reducir tareas repetitivas, la IA puede beneficiar al trabajador. Si únicamente sirve para elevar objetivos sin mejorar el salario ni la autonomía, acabará haciendo más exigente el mismo puesto.
Así que la gran discusión laboral no será solo cuántos empleos puede eliminar la IA, sino quién se queda con el valor y el tiempo que consigue liberar.
La conclusión de Rachitsky es incómoda porque la IA sí está funcionando, pero el problema es quién aprovecha el tiempo que libera. Si cada minuto ahorrado se transforma en otra obligación, la productividad crecerá mientras empeoran las condiciones de quienes la hacen posible.
