Los CEO de Volvo y Polestar presionan a la Unión Europea y avisan: "Los chinos no se detendrán"

Michael Lohscheller y Håkan Samuelsson advierten que, si Europa frena su transición al coche eléctrico, los fabricantes chinos aprovecharán para dominar el mercado.
Bruselas se ha convertido en el escenario de una batalla que definirá el futuro de la automoción. Mientras el reloj avanza hacia 2035, la fecha límite marcada para el fin de la venta de coches de combustión, Europa se ha partido en dos bloques irreconciliables.
Según información revelada por The Guardian, Alemania, bajo el liderazgo del canciller Friedrich Merz, está maniobrando para suavizar la norma, invocando una supuesta neutralidad tecnológica que permita salvar los motores tradicionales e híbridos.
En el lado opuesto, los gigantes suecos Volvo y Polestar han alzado la voz para advertir de que frenar ahora la normativa no es una medida de protección, sino un error histórico que condena al continente a la irrelevancia.
Debemos entender que el mercado global no espera a que Europa se aclare, y es que mientras las marcas tradicionales debaten sobre prórrogas y defienden la supervivencia del diésel y la gasolina, la industria china avanza en electrificación y desarrollo de software.
Ante esta situación, la brecha se agranda cada día, es por esta razón que Michael Lohscheller, CEO de Polestar, ha sido contundente en su advertencia a las instituciones europeas: "Los chinos no se detendrán".
Si Bruselas decide pausar la transición cinco años para dar oxígeno a Volkswagen o BMW, esa pausa solo afectará a Europa. China no va a congelar su I+D por solidaridad, al contrario, aprovecharán para inundar el mercado y consolidar su dominio tecnológico.
Una cuestión de mentalidad, no de tecnología
La presión que ejercen los directivos suecos sobre la Comisión Europea va más allá de la defensa de sus propios intereses; es una crítica a la actitud conservadora de la industria alemana.
Lohscheller, que irónicamente es alemán, crítica sin tapujos a sus compatriotas por obsesionarse con defender el pasado en lugar de volcar recursos en inventar el futuro. Mientras en China la pregunta es ¿cuál es la siguiente gran idea?, en Alemania la prioridad parece ser como estirar la vida útil de tecnologías obsoletas.
Håkan Samuelsson, veterano CEO de Volvo, aporta una analogía brillante para desmontar las quejas del sector. Compara la resistencia actual de los fabricantes alemanes con la oposición que la industria montó hace cincuenta años contra la obligatoriedad de los cinturones de seguridad o los convertidores catalíticos.
El argumento siempre es el mismo: es demasiado caro, es demasiado pronto, el cliente no lo quiere. Samuelsson recuerda que, sin una obligación legal firme, la innovación en seguridad y emisiones nunca habría ocurrido. Si retiras la fecha límite de 2035, retiras el incentivo para innovar.
Los aranceles no salvarán a la industria en Europa
La realidad del mercado es obstinado, ya que las marcas de coches de combustión están perdiendo cuota de mercado no por una imposición legal, sino porque se están quedando atrás en innovación. Por ello, pensar que los aranceles salvarán a la industria europea es una falacia.
Los fabricantes asiáticos ya están moviendo ficha, están instalando gigafactorías y plantas de ensamblaje dentro de las fronteras comunitarias, en países como Hungría o Eslovaquia, para esquivar cualquier barrera fiscal y aprovechar costes laborales competitivos.
La única forma de sobrevivir a esta situación es competir cara a cara en tecnología, autonomía y precio. Volvo y Polestar aseguran que la tecnología ya está lista —con autonomías que rozan los 900 km— y que el foco debe estar en la infraestructura de carga rápida y en la reducción de costes, no en levantar muros burocráticos que los competidores saltarán con facilidad.
Cabe señalar que la petición de revisar los objetivos puede parecer un alivio a corto plazo para sus fabricantes, atrapados en una crisis de adaptación, pero a largo plazo es una sentencia de muerte.
Retrasar el objetivo de 2035 es ceder la ventaja competitiva definitiva a los fabricantes chinos. Y es que la electrificación del transporte es un fenómeno global que ocurrirá con o sin el permiso de la Unión Europea.
La única duda que queda por resolver es si los coches eléctricos que llenarán las calles dentro de una década llevarán el sello de una fábrica europea o si, por falta de visión y coraje político, acabaremos conduciendo exclusivamente tecnología importada del mercado asiático

