Japón ha encontrado el arma perfecta para acabar con el turismo masivo: cobrar a los turistas extranjeros el doble por cualquier cosa

El caso más claro es el castillo de Himeji, Patrimonio Mundial, que elevó la entrada para turistas a 2.500 yenes (13.5 euros), mientras los residentes de la ciudad pagan 1.000 yenes (5.4 euros).
Cada año, Japón recibe millones de visitantes atraídos por ciudades como Tokio, Kioto u Osaka, además de su gastronomía, su historia y una cultura que despierta interés en todo el mundo.
El turismo supone una importante fuente de ingresos para el país, pero también está empezando a generar problemas en algunos de sus lugares más visitados.
Y es que en determinadas épocas del año, la llegada masiva de viajeros llena el transporte público, satura las calles, pero sobre todo, hace más difícil el día a día de quienes viven allí.
El reto para las autoridades es encontrar un equilibrio, ya que Japón quiere seguir recibiendo turistas, pero sin que eso reduzca la calidad de vida de los residentes ni deteriore algunos de sus principales atractivos.
Con ese objetivo, algunas ciudades ya están tomando medidas y una de las más llamativas consiste en cobrar una tarifa más alta a los visitantes que no residen en la zona.
El ejemplo más conocido está en Himeji, en la prefectura de Hyōgo, donde su famoso “Castillo de la Garza Blanca” aplica un precio diferente para los turistas.
Hyōgo muestra hasta dónde puede llegar la presión turística

Himeji es una ciudad conocida sobre todo por su castillo, uno de los monumentos más famosos del país y Patrimonio Mundial que, como menciona The Guardian, recibe más de 1,5 millones de visitantes al año.
Además, el peso del turismo extranjero ha crecido con fuerza: pasó de 387.000 visitantes internacionales en 2018 a 547.000 el año pasado. El propio plan de gestión del castillo contempla que esa cifra pueda llegar a 1,2 millones de turistas extranjeros al año en la próxima década.
Ese volumen de visitantes tiene consecuencias, con más mantenimiento, más personal, más control de accesos, más limpieza y más desgaste de un recinto histórico que no puede ampliarse como si fuera un centro comercial.
El castillo de Himeji cobra 2.500 yenes a no residentes y 1.000 a vecinos

La respuesta ha sido aplicar un sistema de precios diferenciados. Los adultos que no residen en Himeji pagan 2.500 yenes, unos 13,50 euros. Los vecinos de la ciudad pagan 1.000 yenes, unos 5,40 euros, siempre que acrediten su residencia.
También hay tarifas para grupos donde en visitas de 30 personas o más, la entrada baja a 2.000 yenes, unos 10,80 euros, para adultos no residentes, y a 800 yenes, alrededor de 4,30 euros, para residentes.
La diferencia es importante porque no se plantea oficialmente como un recargo exclusivo para extranjeros, sino que en realidad, el descuento se reserva a quienes viven en Himeji.
Eso significa que también un japonés de otra ciudad paga la tarifa general. Aun así, la medida impacta de lleno en el turismo, porque la mayoría de visitantes no reside allí.
Cabe señalar que la medida no solo busca recaudar. También pretende ordenar el flujo de visitantes. Y es que durante el primer mes tras la subida, la venta de entradas cayó un 17%, pero la recaudación se duplicó.
Ese dato explica por qué el modelo puede resultar atractivo para otros lugares con problemas de saturación. Si un monumento recibe algo menos de presión y al mismo tiempo ingresa más dinero para conservarse, el doble precio se convierte en una herramienta de gestión turística.
Cabe señalar que Japón no está cerrando la puerta al turismo. De hecho, el país superó los 42 millones de visitantes extranjeros el año pasado y quiere alcanzar los 60 millones anuales antes de que termine la década.
Japón quiere turistas, pero no a cualquier precio
El caso de Himeji forma parte de una conversación más amplia, donde Kioto estudia tarifas más altas en autobuses para no residentes, porque muchos vecinos tienen problemas para moverse por una ciudad saturada de visitantes.
También se han planteado subidas en tasas vinculadas al turismo, como la tasa de salida, que pasaría a 3.000 yenes, unos 16,20 euros, y algunas tasas de visado de hasta 15.000 yenes, cerca de 80,90 euros.
Japón parece haber elegido una vía pragmática, ya que no quiere menos turismo porque sí, sino visitantes que ayuden a pagar el coste real de conservar los lugares que vienen a ver.
