Jona van Loenen, economista, sentencia a la IA: "Las personas que trabajan con sus manos son los ricos del futuro"

En un futuro dominado por la automatización y la inteligencia artificial, quienes trabajen con sus manos podrían convertirse en los perfiles más valiosos y mejor pagados.
Durante décadas, el consejo fue siempre estudiar una carrera universitaria, tener un trabajo de oficina y huir del esfuerzo físico, ya que la tecnología, se decía, era la gran amenaza para los oficios.
Pero la inteligencia artificial está rompiendo esa lógica con una velocidad que pocos anticiparon. Y es que el perfil más vulnerable ya no es el del obrero, sino el del universitario frente a su pantalla.
Jona van Loenen, economista, lleva tiempo defendiendo una tesis que incomoda a más de uno. En una entrevista reciente publicada por la revista Knack, argumentó que la IA generativa no es una revolución más.
Es la primera disrupción tecnológica de la historia que golpea directamente a la clase trabajadora de cuello blanco, a quienes ganaron la vida gestionando, analizando y administrando desde una silla.
Un cambio radical en lo que entendemos por trabajo cualificado
La Revolución Industrial del siglo XIX mecanizó el músculo humano. Las máquinas de vapor reemplazaron a los tejedores, a los agricultores y a los artesanos que fabricaban a mano lo que las fábricas empezaban a producir en serie.
Debido a esta situación, el trabajador que hacía esfuerzo físico perdió terreno, y el conocimiento, la capacidad de gestionar, planificar y tomar decisiones, se convirtió en el activo más valioso del mercado laboral.
Cabe destacar que durante casi dos siglos, ese modelo se mantuvo intacto, donde más formación equivalía a más seguridad económica, y ese contrato social rara vez se cuestionó, hasta ahora.
La inteligencia artificial rompe ese contrato por primera vez, ya que los modelos de lenguaje, los sistemas de automatización y las herramientas de análisis no están diseñados para mover cajas ni tender cables eléctricos.
Están diseñados para leer, escribir, sintetizar y gestionar información, que es exactamente lo que hace un trabajador de oficina durante ocho horas al día. Por ello, la amenaza no apunta al taller ni a la obra, sino a las oficinas.
Es por esta razón que el experto en mercado laboral, Jona van Loenen, concluye sin rodeos que "las personas que trabajan con sus manos son los ricos del futuro".
Por qué los oficios sobrevivirán a la inteligencia artificial
La respuesta tiene más de física que de economía, ya que un fontanero no ejecuta dos veces el mismo trabajo. Cada instalación, cada avería y cada reforma es un entorno distinto con variables que ningún algoritmo puede anticipar desde un servidor.
Del mismo modo, un electricista diagnostica en tiempo real problemas que cambian según el edificio, la antigüedad del sistema, así como las decisiones que tomó otro técnico hace veinte años.
Esa variabilidad es precisamente lo que la inteligencia artificial no sabe gestionar con fiabilidad y quizás nunca lo haga. Los modelos de IA son eficaces cuando el problema es estructurado y el entorno es predecible.
El trabajo de oficina, paradójicamente, cumple esos requisitos mucho mejor que el de la obra. Tareas que parecían blindadas, como la redacción de informes, el análisis financiero o la atención al cliente, llevan meses siendo absorbidas por herramientas automatizadas a una fracción del coste de un empleado humano.
No obstante, el albañil, el carpintero y el técnico de climatización, en cambio, siguen siendo irremplazables por el simple hecho de que ninguna IA y ni siquiera un robot podrán reemplazar el trabajo con las manos.
Lo que Europa tiene que el resto no termina de ver
Cabe mencionar que Van Loenen no se limita a diagnosticar el problema, también señala quién está mejor posicionado para afrontarlo. Y su apuesta es Europa.
Asegura que el continente lleva años siendo criticado por carecer de un equivalente a Google, Amazon o las grandes empresas de inteligencia artificial estadounidenses, pero el economista invierte ese argumento con solidez.
Precisamente porque Europa construyó su economía sobre sectores tangibles como la manufactura, la agricultura, la construcción y la farmacéutica, su tejido productivo es más resistente a la automatización que el modelo de EEUU, orientado en mayor medida hacia los servicios digitales.
A eso se suma un ecosistema de pequeñas y medianas empresas sin equivalente real al otro lado del Atlántico. Ese entramado competitivo de pymes, lejos de ser una debilidad, funciona como un amortiguador ante las disrupciones tecnológicas.
Jona van Loenen no dice que esa apuesta haya sido un error, pero sí que ha dejado de ser una garantía automática en todo el mundo.
Si los oficios se convierten en los empleos más escasos y peor cubiertos de las próximas décadas, estas personas serán muy demandadas en el mercado y, por ende, serán los empleos mejor pagados gracias a la IA.

