Platón, filósofo: "Podemos perdonar fácilmente a un niño que le tiene miedo a la oscuridad; la verdadera tragedia de la vida es cuando los hombres le tienen miedo a la luz"

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El filósofo griego seguidor de Sócrates, explica por qué temer lo desconocido es natural, pero rechazar la verdad puede encerrarnos en nuestras propias ideas y evitar que entendamos mejor lo que nos rodea.
Tener miedo a la oscuridad cuando somos niños resulta fácil de entender, ya que no sabemos qué hay delante; nuestra imaginación completa aquello que no podemos ver y sentimos miedo precisamente porque desconocemos lo que nos rodea.
La reflexión de Platón plantea que existe, sin embargo, otro temor mucho más difícil de justificar, que es apartarnos de la luz cuando esta puede permitirnos ver con claridad.
Cabe señalar que el filósofo griego no habla únicamente de luz y oscuridad en un sentido literal, sino que la idea apunta al conocimiento y a nuestra relación con aquello que creemos verdadero.
Podemos vivir durante años convencidos de algo y sentirnos cómodos con ello, pero descubrir nueva información puede obligarnos a reconocer que estábamos equivocados, cambiar de opinión o abandonar una certeza que nos daba seguridad. La imagen que mejor permite entenderlo aparece en la Alegoría de la caverna.
Platón imagina a unos hombres que han vivido encadenados desde pequeños en el interior de una cueva, mirando hacia una pared sobre la que se proyectan sombras. Y como nunca han conocido otra cosa, esas figuras representan para ellos la realidad.
Cuando las sombras son todo lo que conocemos

Los prisioneros no consideran falsas las sombras porque no tienen ningún punto de comparación. Para ellos son normales, familiares y comprensibles. No han elegido conscientemente vivir engañados, solo interpretan el mundo utilizando aquello que siempre han tenido delante.
Ese detalle es importante porque Platón no reduce la ignorancia a la falta de inteligencia, ya que podemos aceptar una explicación equivocada simplemente porque nunca hemos visto otra posibilidad.
Todo cambia cuando uno de los prisioneros consigue liberarse y salir de la cueva. Lo que encuentra fuera no le produce alivio, la luz le deslumbra, le duele y le cuesta distinguir aquello que tiene delante y necesita tiempo para acostumbrar la vista.
Ahí aparece una de las ideas más interesantes del filósofo. Llegar al conocimiento no siempre es agradable. Descubrir algo nuevo puede desmontar una explicación que llevábamos años utilizando y obligarnos a revisar nuestra manera de entender el mundo.
El antiguo prisionero termina comprendiendo que las sombras eran solo una representación limitada de algo mucho más amplio. La luz simboliza precisamente ese proceso de comprensión, que no ofrece comodidad inmediata, pero permite observar aquello que antes permanecía oculto.
Por eso el problema no está únicamente en desconocer algo, sino que también podemos resistirnos a conocerlo cuando intuimos que la respuesta puede enfrentarnos a nuestras propias certezas.
El regreso a la caverna explica todavía más

Platón lleva la historia un paso más allá, donde el hombre que ha conocido el exterior regresa a la cueva e intenta explicar a los demás que aquello que contemplan no es toda la realidad.
Quienes han pasado toda su vida interpretando aquellas sombras pueden desconfiar de él e incluso rechazar lo que cuenta. Aceptarlo significaría admitir que muchas de sus certezas estaban construidas sobre una visión incompleta.
Ese comportamiento resulta fácil de reconocer hoy, ya que tendemos a sentirnos más cómodos con información que encaja con lo que ya pensamos, mientras que aquello que contradice nuestras creencias exige un esfuerzo mayor.
La reflexión de Platón conserva precisamente ahí su fuerza, en que temer aquello que desconocemos puede ser una reacción natural. Más difícil de justificar es cerrar los ojos cuando aparece la posibilidad de comprender mejor.
