Steve Jobs estaba tan obsesionado con este coche que arruinó el diseño de uno de sus ordenadores: "Lo llamaban la tostadora beige"

Computer Hoy/Montaje

El ex-CEO de Apple quería que el primer Macintosh fuera como un Porsche 928, con un lenguaje de diseño basado en líneas limpias, precisión en los detalles y una estética recordado por todos.

El primer Macintosh no nació solo de una idea tecnológica, surgió de una obsesión estética. Steve Jobs quería que aquel ordenador tuviera la elegancia del Porsche 928, el deportivo que conducía en aquella época, por lo que esa fijación marcó cada decisión de diseño. 

Cabe señalar que el resultado fue un ordenador icónico, pero con un defecto: se sobrecalentaba con facilidad. Por eso muchos lo recuerdan con un apodo poco amable, "la tostadora beige". Al final, la búsqueda de un diseño perfecto acabó chocando con los límites de la ingeniería de la época.

Del Porsche 928 al Macintosh

A principios de los años 80, Apple quería diferenciarse a toda costa de otros fabricantes, como IBM, mientras la mayoría de los ordenadores parecían cajas grises sin personalidad, Jobs aspiraba a crear un objeto que transmitiera modernidad. 

El Porsche 928 le ofrecía esa referencia, con líneas limpias, parachoques integrados, superficies sin cortes. Un coche adelantado a su tiempo que rompía moldes dentro de la propia marca alemana.

En 1981, durante una revisión del proyecto, Steve Jobs lanzó una frase que se convirtió en consigna: “Debe ser más como un Porsche”. No era un capricho, sino una guía de diseño. De esa exigencia nacieron decisiones polémicas, como la carcasa, que debía ser compacta, y el ordenador funcionar sin ventilador, porque el silencio absoluto le parecía un signo de elegancia. 

Sin embargo, aquella apuesta terminó generando serios problemas de temperatura. Al final no todo fueron inconvenientes, puesto que el Mac 128K incorporó un asa trasera moldeada que facilitaba moverlo de un sitio a otro, igual que la practicidad del maletero del 928. 

También heredó la idea de las proporciones sobrias y la coherencia visual. Jobs revisaba maquetas de yeso con obsesión, corrigiendo radios de biseles y curvaturas como si se tratara de un carrocero, afinando la carrocería de un coupé.

En enero de 1984, el Macintosh 128K llegó al mercado con una campaña que hoy forma parte de la historia de la publicidad: el anuncio del Super Bowl dirigido por Ridley Scott. El impacto fue inmediato. 

Y es que en los primeros días se vendieron decenas de miles de unidades, superando las expectativas iniciales. Sin embargo, el entusiasmo se fue desinflando, porque el ordenador resultaba caro y su rendimiento estaba limitado.

Ese recorrido recuerda al Porsche 928 que, tras un debut espectacular, fue perdiendo fuelle en el mercado y recibió críticas de los puristas de la marca. Con el paso de los años, tanto el deportivo alemán como el Macintosh se revalorizaron. Hoy ambos son piezas de colección, celebradas por su diseño más que por sus cifras de ventas.

El Mac 128K, pese a los fallos de sobrecalentamiento, se convirtió en el primer gran "todo en uno" que inspiraría a generaciones posteriores de ordenadores. El Porsche 928, por su parte, dejó huella en la historia del diseño de la automoción con soluciones estéticas que siguen vigentes.

Steve Jobs, mucho más que un diseñador obsesivo

Hablar de Jobs no es hablar solo de un ordenador o de un coche, es hablar de uno de los personajes más influyentes en la historia de la tecnología. Cofundador de Apple junto a Steve Wozniak en 1976, cambió la informática personal al llevar los ordenadores fuera de los laboratorios y oficinas para acercarlos a la gente.

Tras ser apartado de su propia empresa en 1985, fundó NeXT, cuya tecnología acabaría siendo clave para el futuro de Apple. En paralelo, compró Pixar a George Lucas y la convirtió en el estudio que revolucionó la animación digital con películas como Toy Story.

Cuando volvió a Apple en 1997, la compañía estaba en crisis. Jobs impulsó una transformación radical con productos como el iMac, el iPod, el iPhone y el iPad. No solo relanzó la empresa, redefinió industrias enteras, desde la música hasta la telefonía. Su enfoque siempre combinó ingeniería y diseño, convencido de que la tecnología debía ser tan atractiva como funcional.

El Macintosh 128K fue concebido bajo una filosofía inspirada en el Porsche 928, con proporciones atemporales, integración funcional y un diseño que debía resistir el paso de los años. Esa visión tuvo un coste inmediato —el apodo de tostadora beige—, pero cimentó el camino que seguiría Apple en las décadas posteriores.

Lo que para algunos fue un error de cálculo, para Jobs era un principio irrenunciable, un producto no solo debía funcionar, debía ser bello. Esa mezcla de riesgo y obsesión es la que explica por qué, tanto el deportivo alemán como el primer Mac, se recuerdan hoy como iconos.

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