El doctor Ignaz Semmelweis salvó la vida a miles de madres y recién nacidos: fue encerrado en un manicomio por ello, y murió de una paliza

Existen pocas vidas más trágicas que la del doctor Ignaz Semmelweis, el Salvador de Madres. Su descubrimiento acabó matándolo.
Muchos médicos han fallecido ejerciendo su profesión. Pero muy pocos de la forma tan triste y cruel como el doctor Ignaz Semmelweis. Hizo un gran descubrimiento que ha salvado a miles de mujeres en el parto, pero sus colegas repudiaron su teoría, y le encerraron en un manicomio. Allí murió por una paliza de los guardias, cuando intentó escapar.
El doctor Ignaz Semmelweis era un médico húngaro que en 1846 entró a trabajar en la Clínica Primera del Hospital General de Viena. En este hospital existían dos clínicas dedicadas a las parturientas.
En el siglo XIX, el parto tenía un alto riesgo de mortalidad, tanto por los métodos usados, como por la fiebre puerperal, una enfermedad que aparecía en la primera semana tras el parto, y tenía un alto porcentaje de fallecimiento, tanto en la madre como en el hijo.
El misterio de las partículas cadavéricas
En su trabajo en la la Clínica Primera, el doctor Semmelweis detectó una inexplicable situación. En la Clínica Primera el 10% de las parturientas, así como algunos de sus hijos, morían por fiebre puerperal. Pero en la Clínica Segunda el porcentaje era de poco más del 3%. Similar a los partos callejeros.
¿Por qué morían casi el triple de mujeres por fiebre en la Clínica Primera donde trabajaba? Eran dos clínicas independientes dentro del mismo hospital, en donde no se mezclaban ni el personal ni los especialistas. La única diferencia entre ellas era que la primera era atendida por médicos y estudiantes de medicina, y la segunda por matronas.
En ambos casos, se seguía el mismo procedimiento: se lavaban las manos con agua y jabón, antes de atender el parto. El descubrimiento llegó de una forma bastante macabra.
Ignaz Semmelweis fue incapaz de encontrar la causa, hasta que recibió una mala noticia: un colega médico había fallecido por enfermedad tras cortarse con un bisturí con el que había realizado una autopsia. Por aquel entonces, no se usaban guantes.
Ignaz Semmelweis examinó el cadáver de su amigo, y descubrió que tenía síntomas muy parecidos a las mujeres que morían por fiebre puerperal.
En el siglo XIX era habitual que algún medico muriese por la misma enfermedad que un fallecido al que había practicado la autopsia. Se decía que el muerto le había traspasado “partículas cadavéricas”.

De repente, a Semmelweis se le encendió la luz: todos los médicos y estudiantes que trabajaban en la Clínica Primera, practicaban autopsias. Las matronas de la Clínica Segunda, obviamente no. Los médicos se lavaban las manos con agua y jabón, pero seguían teniendo “olor a cadáver”, según sus palabras.
Nuestro doctor concluyó que el jabón no eliminaba las partículas cadavéricas, traspasándolas a las mujeres durante el parto, lo que las hacía enfermar. Ordenó a todo el personal médico que, antes de los partos, se lavasen las manos con una solución de hipoclorito cálcico, que sí eliminaba el olor a cadáver. En unos meses, la tasa de mortalidad por fiebre puerperal cayó del 10 al 0,9%.
Ignaz Semmelweis no lo sabía, pero lo que llamaban partículas cadavéricas, eran los gérmenes. En 1847 aún no se habían descubierto.
La trágica muerte de Semmelweis
Escribió un libro y varios escritos médicos anunciando su descubrimiento, para evitar las muertes, pero… fue rechazado y repudiado por la comunidad médica. No podía explicar por qué las partículas cadavéricas eran las causantes del contagio, y los médicos se negaban a admitir que eran ellos los que estaban matando a las parturientas, al transmitirles bacterias como el Streptococcus o la E. coli.
Ignaz Semmelweis fue despedido del hospital. Desesperado y dolido, comenzó a enviar cartas a las sociedades médicas, acusándolas de “asesinas de mujeres”. Su mujer y sus colegas médicos pensaron que se había vuelto loco, así que lo ingresaron en un manicomio. Murió a las dos semanas debido a una paliza de los guardias, cuando intentó escapar. Tenía 47 años.
Años después, cuando Louis Pasteur comenzó a desvelar la existencia de los gérmenes, los médicos se dieron cuenta de que Ignaz Semmelweis tenía razón. Hoy se le conoce con el apodo de el Salvador de Madres, y se le considera uno de los padres de la medicina moderna, al ser el primero en darse cuenta de la necesidad de esterilizar los quirófanos y paritorios.
