Linux se frota las manos: ¿por qué Francia, Alemania y China han declarado la guerra abierta a Windows y no pararán hasta eliminarlo para siempre?

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Europa y China buscan ganar control sobre su infraestructura informática mediante sistemas de código abierto. El objetivo es depender menos de empresas tecnológicas extranjeras.
La soberanía digital se ha convertido en una prioridad para varios gobiernos que quieren recuperar capacidad de decisión sobre la tecnología que utilizan.
Y es que depender de una compañía extranjera para una parte esencial de la infraestructura informática supone aceptar también sus condiciones, sus ciclos de soporte y sus decisiones futuras.
Por eso varios países están buscando alternativas a Windows y mirando hacia el software libre, y Linux ofrece una característica especialmente interesante en este escenario.
Cabe mencionar que no se trata de cambiar un sistema operativo por otro, sino de reducir una dependencia tecnológica. Por ello, Francia, Alemania y China están avanzando en esa dirección con necesidades diferentes.
Mientras los dos primeros países están muy relacionados con la soberanía tecnológica europea, el gobierno chino persigue una estrategia de autosuficiencia mucho más amplia.
Al final, el resultado es el mismo punto de partida, que es intentar que determinadas infraestructuras digitales no dependan exclusivamente de Microsoft y de otros proveedores extranjeros.
Tres países, una misma preocupación y objetivos diferentes

Es importante mencionar que Francia es uno de los ejemplos más recientes, donde la Dirección Interministerial de Asuntos Digitales (DINUM) anunció en abril de 2026 que trasladará sus puestos de trabajo de Windows a Linux y pretende que otros ministerios preparen sus propios planes de migración.
Este movimiento se integra en una política europea destinada a reforzar la autonomía tecnológica, pero el país, además, no parte de cero.
La Gendarmería comenzó su transición en 2004, abandonando progresivamente herramientas de Microsoft hasta terminar utilizando GendBuntu, una versión de Ubuntu adaptada a sus necesidades. Ahora, aproximadamente el 97 % de sus ordenadores funcionan con este sistema.
Alemania ofrece un caso diferente porque ya ha demostrado tanto las posibilidades como las dificultades de este proceso. Múnich llegó a desarrollar LiMux, basado en Ubuntu, para sustituir Windows en sus equipos municipales.
Sin embargo, la ciudad acabó regresando a Windows por problemas de compatibilidad y otras dificultades operativas. Pero esto no ha frenado nuevas iniciativas de software abierto, como Mecklemburgo-Pomerania Occidental, por ejemplo, que está reemplazando SharePoint por Nextcloud.
China persigue una independencia tecnológica todavía más profunda. Su estrategia busca reducir la exposición a empresas estadounidenses y desarrollar un ecosistema propio.
Kylin OS es uno de sus proyectos principales que nació en la Universidad Nacional de Tecnología de Defensa y evolucionó hasta convertirse en una plataforma basada en Linux. A él se suma Unity OS, desarrollado por Tongxin a partir de Deepin, que utiliza Debian como base.
Linux es el medio, no el objetivo final
Los tres casos muestran que instalar Linux no constituye por sí mismo la finalidad de estas políticas. Lo importante es qué capacidad obtiene cada país al reducir su dependencia de una plataforma propietaria.
El código abierto permite adaptar sistemas, desarrollar herramientas propias y evitar que toda la infraestructura quede atada a un único proveedor. En Francia, esto encaja con la búsqueda de soberanía digital europea.
Alemania está intentando ampliar el uso de alternativas abiertas después de comprobar las dificultades de una sustitución completa. China, en cambio, pretende construir un ecosistema tecnológico nacional capaz de funcionar con mucha menos dependencia exterior.
También Rusia utiliza alternativas Linux como Astra Linux, aunque su situación responde en buena medida a las sanciones y a la salida de empresas occidentales tras la invasión de Ucrania.
El verdadero reto empieza después de abandonar Windows

Cabe señalar que la parte complicada llega cuando una administración tiene que mantener miles de equipos funcionando con las aplicaciones que necesitan sus empleados.
Compatibilidad, formación, soporte, pero sobre todo, disponibilidad de programas son obstáculos mucho más difíciles de resolver que instalar una distribución Linux.
El caso de Alemania lo demuestra especialmente bien, donde una estrategia de soberanía digital puede tener sentido sobre el papel y, aun así, encontrarse con problemas cuando llega a todos los puestos de trabajo.
Por eso estos movimientos no significan que Windows, el sistema operativo de Microsoft y el más usado del mundo, vaya a desaparecer, sino que lo que está cambiando es la posición que ocupa.
Para algunos gobiernos ya no basta con utilizar la tecnología que ofrece el mercado: también quieren conservar la capacidad de decidir qué ocurre con sus sistemas cuando cambian las circunstancias políticas, económicas o tecnológicas.
