Geoffrey Hinton, padre de la IA, lanza una escalofriante advertencia: "Solo habrá un trabajo…"

Imagen generada con IA

El científico británico advierte que en 5 a 10 años la inteligencia artificial eliminará gran parte de los empleos en tecnología, como programación, codificación e investigación.

Mientras gran parte del mundo sigue celebrando los avances de la inteligencia artificial, como si se tratase de un salto inevitable, algunos expertos empiezan a mirar con recelo lo que está por venir. Una de ellos es Geoffrey Hinton, uno de los grandes pioneros de esta tecnología. 

Conocido como el padre de la IA, no solo participó en el desarrollo de redes neuronales que hoy sostienen modelos como ChatGPT o Gemini. También ha sido de los primeros en reconocer públicamente que quizá el rumbo que estamos tomando no es tan prometedor como parecía.

En declaraciones recientes, Hinton ha puesto el foco en un tema que preocupa a millones de personas: el empleo. Según él, la IA generativa no está a punto de transformar el mercado laboral, ya lo está haciendo. La diferencia es que esta transformación no siempre va acompañada de progreso. 

Asegura que en los próximos cinco a diez años, profesiones como la programación, la codificación o la investigación científica podrían perder su valor. Y no por falta de talento, sino porque las máquinas ya empiezan a hacer ese trabajo a una velocidad y coste imposibles de igualar.

La IA ya está cambiando el mercado laboral

Hace una década, hablar de inteligencia artificial sonaba a ciencia ficción, pero hoy es normal. Herramientas como ChatGPT, Copilot o Gemini se han colado en oficinas de todo el mundo, donde redactan textos, corrigen informes, escriben código, resumen contratos legales. Lo que antes requería un equipo de profesionales ahora se resuelve en segundos con una línea de instrucciones.

Geoffrey Hinton advierte que esto solo es el principio. En un plazo de entre cinco y diez años, calcula que una gran parte de los trabajos intelectuales podrían desaparecer o cambiar radicalmente. Ya no se trata de automatizar cadenas de montaje, sino de sustituir funciones creativas, analíticas o técnicas que antes eran exclusivamente humanas.

Lo más inquietante es que el mercado está respondiendo, donde las empresas no esperan a que la IA sea perfecta, basta con que sea funcional, rápida y barata, aunque aún cometa errores, su eficiencia en tareas mecánicas empieza a justificar despidos. Lo que ayer era una ventaja competitiva, hoy se convierte en un riesgo para quien trabaja todo el día frente al ordenador.

El trabajo que sobrevivirá a la IA

Frente a este panorama, surge una pregunta inevitable: ¿qué trabajos resistirán el rápido avance de la IA? Hinton lo tiene claro, donde afirma que la fontanería es una de las profesiones aseguradas. Puede parecer una afirmación sorprendente, pero tiene todo el sentido.

Este trabajo no se basa en procesar datos, sino en aplicar soluciones físicas en entornos imprevisibles. Requiere desplazarse, improvisar, entender cómo interactúan materiales reales, así como cortar una tubería, sellar una fuga o desmontar un grifo oxidado, no está al alcance de un chatbot.

Ningún modelo de lenguaje puede enfrentarse a una instalación antigua con planos ni reparar una avería con una llave inglesa. Se necesita experiencia real, contacto directo con el entorno, intuición humana. Por eso, frente a la automatización masiva, los oficios manuales cobran un nuevo valor.

La clave está en lo físico, porque las inteligencias artificiales no tienen cuerpo, no están físicamente, no sienten el peso de una herramienta ni entienden las condiciones cambiantes de una vivienda. Y sin eso, no hay algoritmo que pueda sustituir al profesional que sí lo hace.

Hacia la singularidad tecnológica

La singularidad permitirá que el cerebro humano acceda a toda la información de la nube.
La singularidad permitirá que el cerebro humano acceda a toda la información de la nube.

Hinton va más allá, lo que le preocupa de verdad es la posibilidad de que alcancemos la llamada singularidad tecnológica. Un punto en el que la inteligencia artificial no solo iguale, sino que supere la capacidad del ser humano para pensar, crear, decidir y evolucionar por sí misma.

Según algunas estimaciones, eso podría ocurrir en una o dos décadas, y el riesgo no es que las máquinas lo hagan todo, sino que ya no necesiten supervisión humana. Que diseñen sus propios sistemas, definan sus objetivos, escapen al control de quienes las programaron. 

Para el padre de la IA, ese escenario no es un juego ni una exageración, puesto que puede ser más peligroso que una guerra nuclear, sentencia. Es por esta razón que la singularidad marcaría un cambio de era. 

No porque desaparezcan los trabajadores humanos, sino porque perderían relevancia. Y eso no solo afectaría al empleo, sino a cómo se organiza la sociedad, el poder, las decisiones. Una IA que mejora a sí misma sin intervención humana dejaría de ser una herramienta. Se convertiría en otra cosa.

Si tu trabajo se basa únicamente en tareas repetitivas frente a un ordenador, estás en riesgo. El mensaje no va dirigido solo a los técnicos, también a quienes toman decisiones sobre formación, empleo y futuro.

Mientras los focos apuntan a las grandes tecnológicas, la seguridad laboral puede estar en manos de quien sabe arreglar un fregadero. Quizá, después de todo, el futuro del trabajo no estará en una oficina ni en la nube, sino en una caja de herramientas.

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